@Abrilpenaabreu
Más de 30 mil trabajadores formales podrían subsistir en el ribete si se aprueba el esquema de Ley de Sustento y Nutriente Escolar tal como está planteado. La advertencia de CODOPYME no es último: se negociación de un cambio de maniquí que excluye a las MIPYMES del suministro de alimentos escolares, pese a que han sostenido por más de 15 primaveras —y con calidad certificada— la comestibles de millones de estudiantes dominicanos.
El argumento oficial plantea centralizar la producción de alimentos mediante cocinas en los planteles escolares. Suena adecuadamente sobre el papel, pero… ¿y en la maña? El Estado ni siquiera ha podido avalar el mantenimiento primordial de las escuelas, el flujo regular de maestros ni la eficiencia del personal oficial. ¿Cómo vamos a delegarle nuevas responsabilidades logísticas, operativas y sanitarias si ni siquiera puede con las que ya tiene?
¿Y la calidad educativa? ¿Y la seguridad en las escuelas? Si los planteles tan pronto como cuentan con baños dignos o electricidad constante, ¿vamos a confiarles además la alimento diaria de más de un millón de niños?
No se negociación de oponerse al progreso. Todos estamos de acuerdo en que la comestibles escolar debe mejorar, pero ¿por qué excluir a un sector que ha invertido, que ha crecido y que ha respondido a una demanda creada por el propio Estado? ¿Quién alega por esas inversiones? ¿Quién le da la cara a las pequeñas industrias que modernizaron sus plantas, contrataron personal, adquirieron camiones refrigerados y certificaciones sanitarias… confiando en un esquema estatal que hoy se pretende eliminar de un plumazo?
Si lo que buscamos es avalar alimento de calidad, entonces fortalezcamos el maniquí flagrante. Supervisémoslo, mejóremonos estándares, ampliemos la inclusión a más proveedores locales y agricultores familiares, sí… pero sin dinamitar de forma radical un sistema que ha funcionado con validez relativa internamente de las limitaciones estructurales del país.
No olvidemos: el que mucho zapatilla, poco aprieta. Mudar el maniquí alimenticio escolar no puede convertirse en un examen fallido más. Menos aún si el costo lo pagarán miles de trabajadores, cientos de empresas y millones de niños que hoy, al menos, comen con regularidad.
La comestibles escolar no puede servir de improvisaciones. Y mucho menos, de promesas estatales que históricamente no han sabido —ni podido— cumplir.





