¿Reelección indefinida? El libramiento totalitario de Bukele y sus repercusiones en El Salvador

Charli McMackin

En 2021, cuando Nayib Bukele actualizó su bio en X para proponer “El dictador más cool del mundo”, sus palabras coqueteaban con una efectividad que aún no mostraba sus máximos alcances. Pero el 31 julio de 2025, la profecía puyazo por redes sociales por fin se cumplió: con 57 votos a auspicio y solo tres en contra, la Asamblea Legislativa aprobó un cambio constitucional que le permitiría a Bukele conducir indefinidamente.

Entre simpatizantes y críticos por igual, este posterior asalto a la democracia no es del todo sorprendente. La presidencia de Bukele ha estado marcada desde un principio por todos los sellos de un déspota en ciernes: sumisión del Poder Jurídico al Ejecutante, reducción y reconfiguración del Poder Constituyente, y, más recientemente, forzar al destierro a periodistas y activistas disidentes bajo La Ley de Agentes Extranjeros. No obstante, hay poca duda de que el voto del posterior jueves constituye el capítulo más siniestro –por ahora– en lo que solo puede describirse como el vertiginoso descenso de El Salvador alrededor de la tiranía.

De momento, el presidente salvadoreño parece intocable. Su política radical de seguridad ha transformado, pese a graves violaciones de derechos humanos contra -supuestos o reales- pandilleros, la renta mundial del homicidio en uno de los países más seguros del hemisferio occidental, ganándose un apoyo masivo tanto en casa como en el extranjero. Por otra parte, se ha pasado fortalecido aún más por una examen débil, su amistad con Trump y la denominada “nueva derecha” mundial, y el conspicuo silencio de los líderes occidentales.

Si aceptablemente sólo a un 1.4% de los salvadoreños les parece problemático que el poder esté concentrado en manos de una sola persona, según una averiguación de LPG Documento, Bukele deberá indisponer obstáculos para persistir el poder en el futuro. ¿Qué pasará cuando la “paz” de Bukele se vuelva costumbre? ¿o cuando el país se vea azotado por una crisis económica, social o ambiental? Parece improbable que el autoproclamado dictador aceptase devolverle el poder y dar paso a un nuevo gobierno frente a una derrota electoral.

La rozamiento democrática

El cambio constitucional de la semana pasada, que redujo los límites al mandato presidencial, pasó pegado con la extensión del período presidencial de cinco a seis año, la matanza de la segunda dorso electoral, y la reducción del mandato de Bukele adelantando las elecciones presidenciales de 2029 a 2027 para alinearlas con las elecciones legislativas y municipales con la intención de capitalizar su remolque electoral. Estos son solo los últimos ataques contra la frágil democracia de El Salvador.

Al punto que un año a posteriori de su primera disyuntiva presidencial en 2019, Bukele evocó saludos de la enfrentamiento civil que marcó los primaveras 80. Flanqueado por soldados fuertemente armados irrumpió en el Congreso para exigir un préstamo de 109 millones de dólares destinado a su “enfrentamiento” contra las maras. Luego, en el 2021, avanzó sobre el Poder Jurídico, purgando a las cortes y reemplazando jueces independientes con jueces leales a su partido, Nuevas Ideas. Sin requisa, el 2022 fue su efectivo momento canónico, con el establecimiento del  “estado de excepción” que ha sido renovado hasta la término  41 veces por la Asamblea Legislativa.

Durante décadas, El Salvador quedó atrapado en el fuego cruzado entre las infames pandillas Mara Salvatrucha (MS-13) y Ensanche 18 en sus dos facciones (Sureños y Revolucionarios), cuyo control se extendía a todos los aspectos de la vida cotidiana. Los ataques contra negocios eran comunes, al igual que los asesinatos violentos que ocurrían con frecuencia e impunidad. Incluso, muchas familias dejaron de mandar a sus hijos a la escuela porque el delirio implicaba atravesar territorios de pandillas en conflicto. Casi todos los aspectos de la vida social eran limitados al barriada y al hogar.

Como las maras salvadoreñas no jugaron un papel importante en el narcotráfico internacional como el crimen organizado mexicano y colombiano, la perjuicio violenta componía su principal fuente de ganancias. En 2014, el Bandada Central estimó que el costo de la perjuicio en El Salvador era equivalente a más del 3% del PIB; ese mismo año, el consumición divulgado en educación representó el 3.8% del PIB.

Todas las administraciones previas a la de Bukele prometieron contener a las maras, pero todos fracasaron en apurar con el derramamiento de casta. Claramente, la mano “dura” no fue lo suficientemente  “firme”. Esas promesas rotas, hechas una y otra vez por los dos partidos dominantes–– la derechista ARENA y el izquierdista FMLN— no hicieron más que reanimar el sentimiento de caos entre la población.

Los errores de la examen

A pesar de su popularidad en auge como corregidor de Nuevo Cuscatlán durante su afiliación con el FMLN, donde Bukele empezó su carrera política en el 2012, las relaciones entre el exgerente de un club noctámbulo convertido en político y su antiguo partido se fueron deteriorando. En Octubre de 2017, el FMLN por fin le expulsó aduciendo “actos difamatorios” en su contra, tras un incidente en el que se le acusó de poseer enérgico una manzana a un compañero de partido. Pero esa valor pronto se convertiría en su desgracia: durante las elecciones legislativas y municipales del año futuro, en las cuales Bukele se había perfilado para superar, el FMLN sufrió derrotas aplastantes. Esto se debió, en parte, a que un Bukele resentido había alentado a los votantes a anular su voto o a quedarse en casa durante las elecciones. Con el FMLN recién despojado de su histórica mayoría en la Asamblea Legislativa, ARENA y la derecha en caudillo estaban listas para tomar el control.

El trato hostil del FMLN alrededor de Bukele le ha jugado en contra desde su medra a la presidencia en 2019. Sus críticos, internamente y fuera del FMLN, han centrado, en gran medida, sus ataques en sus políticas de seguridad, una logística fallida por varias razones. En primer ocasión, el encarcelamiento masivo de pandilleros es la colchoneta misma de la popularidad de Bukele. Los intentos de desacreditarlo por violaciones a los derechos humanos en el contexto del Plan Control Territorial contra las pandillas no calan en un electorado cuyos propios derechos fueron pisoteados por los mismos pandilleros que la examen ahora parece estar defendiendo.

En segundo ocasión, y más importante aún, el aspecto más visible del “bukelismo” es solo la punta del iceberg. Aunque el desprecio evidente de Bukele por los derechos y libertades de los detenidos (sin querella en megacárceles como el CECOT) merece mucha crítica, es el retroceso tolerante más amplio —el control total de las instituciones, la reelección indefinida y una concentración de poder sin precedentes— lo que representa la amenaza más duradera para el futuro de la nación centroamericana.

¿Una calma efímera?

Nadie debería sorprenderse por la popularidad de un personaje como Bukele en un país como El Salvador. Al fin y al agarradera, existir sin miedo a la violencia es un derecho humano primordial del que el país careció durante demasiado tiempo. La capacidad de Bukele de proveer seguridad donde todos sus predecesores fallaron estrepitosamente explica, no solo su asombrosa popularidad, sino asimismo la puesta del pueblo salvadoreño a tirar por la barandal su propia democracia.

Pero en la región abundan las lecciones de lo que viene a posteriori. Aunque Bukele ha cultivado un apoyo más detención y de una forma mucho más rápida, no debemos olvidar que asimismo hubo un momento en que Ortega disfrutó de un apoyo significativo en Nicaragua, al igual que Chávez en Venezuela. Como Bukele, esos líderes prometieron curar enfermedades que supuestamente no tenían remedio; pero cuando sus pueblos ya no quisieron la medicina fue demasiado tarde.

De momento, la reelección indefinida queda oculta bajo la popularidad de Bukele. A posteriori de todo, esto le otorga una apariencia de licitud democrática en el sentido más prohibido de la palabra. Sin requisa, en un futuro, tal vez no tan distante, el pueblo salvadoreño puede ser asfixiado por la mano dura que en el pasado le dió “respiro”.

Charli McMackin es Investigadora en la Universidad de Oxford y Royal Holloway de la Universidad de Londres. Tiene una pericia en Estudios Latinoamericanos y una pericia en Lenguas Modernas, ambas por la Universidad de Oxford.

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