Estados Unidos impone una nueva deducción de poder sobre América Latina y el Ártico mientras el mundo, fatigado, mira con destino a otro costado. Este es el capítulo final de una serie que explica por qué la soberanía dejó de ser un derecho y pasó a ser una concesión.
Por Abril Peña
Lo que el 3 de enero parecía un evento accidental —la captura de Nicolás Formado— se ha revelado en tan pronto como siete días como el primer movimiento de un tablero mucho más agresivo. El mensaje de Washington es nítido: la soberanía ya no es un derecho, es una concesión. En este puesta en marcha de 2026, el mundo ha dejado de ser un conjunto de naciones para convertirse en el carta de propiedad de una sola potencia que tiene exactamente tres abriles para terminar su obra.
1. El ultimátum a Colombia y el «Domador» de Washington
Esta semana, la tensión con Bogotá llegó a niveles de preguerra. Tras gustar «enfermo» a Gustavo Petro y amenazar con que «una energía marcial en Colombia me suena muy adecuadamente», Trump aplicó su táctica favorita: encontrarse primero para negociar a posteriori. Tras una citación directa el 9 de enero, el tono cambió a una «buena charla». No es diplomacia; es un recordatorio de que, en los tres abriles que restan de mandato, ningún líder regional puede sentirse seguro si no se alinea con el guion del Septentrión.
2. «Caminar fino»: México y la soberanía porosa
A la presidenta Claudia Sheinbaum se le ha entregado una orden de subordinación: «caminar fino». La amenaza de incursiones terrestres estadounidenses para combatir cárteles es la estocada final a la soberanía mexicana. Durante estos tres abriles, la frontera dejará de ser una radio de respeto para convertirse en una zona de redimido tránsito marcial para Washington. El mensaje es claro: si México no limpia su casa en el tiempo que le queda a Trump, EE. UU. lo hará por las malas.
3. Groenlandia y el nuevo «Derecho de Propiedad»
Pero el rediseño es mundial. Ayer, Trump elevó la desafío al Ártico al resolver que tomará el control de Groenlandia «por las buenas o por las malas». Su argumento es demoledor para el derecho internacional: cuestiona la soberanía danesa alegando que «no se defiende igual lo que alquilas que lo que es tuyo». Para finales de su mandato en 2029, Trump aspira a que el carta importante del mundo tenga la firma de propiedad de EE. UU. en cada rincón optimista frente a China y Rusia.
4. Venezuela bajo «supervisión»: El Triunvirato de Hierro
La transición venezolana ya tiene nombres propios. La «troika» de supervisión —liderada por figuras como Entorno Rubio (en Exteriores), Pete Hegseth (Defensa) y el radical Stephen Miller— ha dejado claro que la última palabra no la tiene Caracas, sino el Despacho Oval. Estos tres abriles serán el laboratorio de un investigación de «dependencia colonial» moderna, donde la reconstrucción institucional será dictada desde exterior.
¿Cimientos o cenizas?
La gran pregunta que queda en el tonada es qué quedará a posteriori de 2029. Trump está usando estos tres abriles para sentar las bases de una «paz por miedo». Algunos ven en esto el principio de una bonanza económica forzada por el orden; otros, el prólogo de un desastre longevo donde la diplomacia se ha perdido para siempre.
Lo que es innegable es que el pragmatismo terminó de devorar a la ética. Los tiempos de los soñadores pasaron; lo que queda es una gestación de administradores de crisis que prefieren ser aliados menores de un imperio que dueños de su propio caos. El carta de hierro se está terminando de escribir, y el temporalizador de arena ha empezado a pasar.






