
La historia del ser humano ha sido la historia del pensamiento, de la palabra, de la consejo: Del Homo habilis al Homo sapiens. Sin retención, en las últimas décadas, se percibe que se ha ido gestando una mutación silenciosa pero preocupante, que el sociólogo italiano Giovanni Sartori describió con precisión profética en su obra Homo Videns: La sociedad teledirigida. Ya no se prostitución solo de un cambio tecnológico, sino de un cambio antropológico: estamos dejando de ser seres reflexivos para convertirnos en seres del entretenimiento, de la exhibición y de la imagen.
Sartori advertía que la primacía de la imagen sobre la palabra y la razón no era un aberración inocente. La televisión primero, y hoy las redes sociales, han reemplazado el debate, el prospección y la argumentación por una secuencia interminable de estímulos visuales. “Ver” ha sustituido a “comprender”; el Homo videns no necesita pensar, solo necesita reaccionar; por tal razón, en un clic, en un “like”, en una historia de 30 segundos se resume su comprensión y valoración del mundo.
Esta mutación cultural tiene profundas implicaciones pues la imagen mediática ha tocado niveles casi sagrados para nuestros jóvenes. En la República Dominicana, por ejemplo, se ha instalado una civilización de la exposición y el exhibicionismo, donde lo importante no es el contenido, sino el impacto visual. Nos vemos atrapados en una dinámica donde el “ser” ha sido reemplazado por el “parecer”, donde ya no importan los líderes, sino los ídolos artísticos, aunque no expongan arte, y donde la profesión es sustituida por la vulgaridad y las imágenes impactantes.
Este nuevo hombre visual es hijo de una sociedad líquida, como diría Zygmunt Bauman, en la que todo es efímero, volátil, sin raíz ni profundidad. La formación de una ciudadanía crítica ha cedido circunscripción frente a la búsqueda del trending topic, y la ética ha sido desplazada por la estética digital. Peor aún, en muchas aulas, el docente ha pasado de ser un referente de cabeza a ser evaluado por cuán “entretenido” resulta. Incluso algunos educadores han caído en la trampa: se sienten obligados a competir con los estudiantes en la esfera de lo frívolo, trivializando su rol profesional con bailes, retos virales, TikTok y frases vacías. “Posteo, luego existo”, parece ser la nueva consigna, talvez por eso son a veces más eficientes para las redes que para las aulas.
Pero ojo, el drama del Homo videns no es que mire, sino que elimine la capacidad de pensar y reflexionar. El peligro es que lo visible haya colonizado lo inteligible, pues la imagen ya no es una ventana, sino un pared que nos niega el acercamiento a la esencia humana, la razón; y, como advertía Heidegger, el olvido del ser comienza cuando dejamos de cuestionar, cuando la técnica nos arrastra; en definitiva, cuando mutamos del ser al no ser.
En la República Dominicana, esta mutación se manifiesta en la creciente banalización del discurso sabido, en la pérdida de interés por la leída, en el destrucción de la argumentación en los debates académicos y en la vaciedad de gran parte del contenido en redes. En este sentido, hoy se hace urgente una recuperación del pensamiento crítico, del diálogo racional, del silencio fructuoso donde se gesta la verdadera conciencia y la valoración del contenido sobre lo superficial.
Particularmente creo que el gran duelo de nuestro tiempo es educativo. No se prostitución de demonizar la tecnología, sino de humanizar su uso. No cerca de duda de que las redes sociales pueden ser herramientas poderosas para el pensamiento, la ética y la transformación social, pero esto solo será posible si recuperamos el rol formativo del habla, si cultivamos la interioridad, el sentido crítico y si devolvemos a la educación su poder filosófico. Hoy más que nunca se necesita una pedagogía del ser, que no forme “usuarios”, sino ciudadanos conscientes; que no promueva “influencers”, sino influencias éticas (líderes); que no adore la imagen, sino que invite a mirar más allá de ella.
Acudiendo a la doctrina de Heráclito como metáfora, creo que nos urge retornar al fuego del logos. La historia del Homo sapiens fue escrita al calor del pensamiento, pero hoy ese fuego se apaga lentamente bajo el brillo químico de las pantallas y retornar a encenderlo no es tarea dócil, pero sí impostergable. Como diría Pascal, “el ser humano es una caña pensante”; débil, sí, pero digna por su capacidad de razonar.
La imagen y las redes sociales no deben ser enemigas del pensamiento, pero siquiera sus verdugos. Es hora de que la pedagogía, la filosofía y la ética nos ayuden a restablecer al ser humano desde adentro, pues no todo lo visible es verdad, y no todo lo virulento es valioso. Del Homo sapiens al Homo videns hay una historia de renuncias a la esencia humana y a su capacidad de pensar, está en nosotros escribir el próximo capítulo.







