El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
POR CARLOS SALCEDO
I. De la seriedad al brillo: dos civilizaciones en tensión
Byung-ChhulH El buen entretenimientodescribe un tránsito espiritual que define a nuestra época: hemos pasado de la civilización de la seriedad -centrada en el deber, el sacrificio y la seriedad- a una civilización del brillo, donde lo lúdico y lo inmediato ocupan el sitio del sentido.
En la visión cristiana y occidental tradicional, el trabajo y el sufrimiento fueron caminos con destino a la plenitud. lo pasode donde proviene la palabra “Pasión”, no designaba deseo, sino padecimiento: la entrega total al sentido que da valencia al dolor.
El ser humano, hecho a imagen de un Todopoderoso que trabaja seis días y descansa uno, veía en el esfuerzo una forma de imitar al Edificador. Kant interpretó la ético como deber: el dominio de la razón sobre la inclinación.
Para Hegel, el trabajo era la mediación por la cual el espíritu se reconoce en el mundo; en él, el deseo se sublima y se convierte en civilización. Así, tanto la ética cristiana como la filosofía moderna compartieron la convicción de que el esfuerzo y la disciplina redimen.
II. El ocaso del sufrimiento y la era de la distracción
Esa visión del mundo empieza a resquebrajarse con Nietzsche, quien anuncia la “homicidio de Todopoderoso”. Sin un fundamento trascendente, el dolor pierde sentido; el hombre novedoso, sin redención posible, huye de él. Byung-Chul Han candela a este nuevo engendro lupopatía: la enfermedad de lo lúdico, la idolatría del entretenimiento. El ocio ya no es contemplación ni pausa, sino consumo de estímulos. El sujeto no soporta el silencio ni la tardanza; necesita guatar cada instante con poco “divertido”.
Heidegger había preparado que la técnica convertiría al hombre en un ser incapaz de habitar el mundo con profundidad. Luhmann, desde la teoría de sistemas, observó cómo las comunicaciones modernas giran sobre sí mismas, sin contacto con la verdad ni con la interioridad. Todo se estetiza, todo se banaliza.
En el arte, Robert Rauschenberg encarnó esta deriva: sus collages simultáneos, hechos de fragmentos cotidianos, reflejan la estética del presente, donde lo sublime y lo trivial coexisten sin dependencia. El arte, como la vida, se vuelve entretenimiento.
III. El buen y el mal entretenimiento: la distinción perdida
Sin requisa, Han no se limita a condenar el entretenimiento. Propone distinguir entre el mal entretenimiento -que diluye la atención, el silencio y la verdad- y el buen entretenimiento, que puede reconciliar el placer con el sentido. No todo ocio es vano ni toda seriedad es virtud. El buen entretenimiento abre un espacio donde el entretenimiento, la risa o la belleza efímera se vuelven expresiones del espíritu, no evasiones.
En este punto, Han se acerca a Nietzsche: el entretenimiento puede ser creativo si conserva la tensión con la seriedad. “Deberías tener caos adentro de ti -escribió Nietzsche- para dar a luz una suerte danzante.” Lo lúdico no es enemigo del espíritu si está habitado por el asombro. El problema no es el placer, sino su banalización; no es el ocio, sino su vaciamiento.
IV. En torno a una reconciliación: retornar a la Pasión
Reconciliar los dos mundos -el del trabajo y el del entretenimiento- implica rescatar el sentido originario de la Pasión. No se comercio solo de sufrir, sino de padecer con sentido, de entregarse a poco que nos trasciende. La civilización cristiana, al sacralizar el sacrificio, enseñó a variar el dolor en significado. La civilización del entretenimiento, al exorcizarlo, ha perdido el vínculo con la profundidad. La reconciliación no exige retornar al ascetismo, sino devolverle al placer su raíz espiritual.
La Pasión, entendida como experiencia total -que une placer y sufrimiento-, puede ser el puente entre la cruz y el espectáculo. El entretenimiento deja de ser narcótico cuando se convierte en atención; el arte recupera su poder cuando nos conmueve, no cuando nos distrae. Lo que necesitamos no es más diversión, sino otra forma de divertirnos: una que nos haga más humanos, más presentes.
V. Conclusión: poner con seriedad, sufrir con belleza
El desafío de la modernidad tardía es retornar a unir lo que el consumo separó: el trabajo y el ocio, el esfuerzo y la humor, el dolor y la risa. Como sugiere Han, disfrutar con sentido es la tarea espiritual de nuestro tiempo. Mirar una obra sin convertirla en contenido, escuchar una música sin interrumpirla, contemplar un paisaje sin tomar una foto: pequeños gestos de resistor frente a la superficialidad.
La civilización cristiana nos enseñó a redimirnos a través del sufrimiento; la civilización del entretenimiento nos invita a olvidarlo. Tal vez el espíritu novedoso solo encuentre paz cuando aprenda, de nuevo, a poner con seriedad y a sufrir con belleza.
jpm-am
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