El autor es compositor y propagandista comunitario. Reside en San Cristóbal
Por Nelson Morel
La República Dominicana atraviesa una etapa de agotamiento político que ya no admite maquillajes ni consignas recicladas. El sistema de partidos tradicionales muestra señales evidentes de desgaste estructural; no se comercio solamente de una crisis de liderazgos, sino de un colapso de credibilidad, coherencia y capacidad transformadora. A ello se suma el ocaso de los modelos ideológicos clásicos, hoy convertidos en etiquetas vacías que no orientan políticas públicas ni ofrecen respuestas reales a los desafíos contemporáneos.
Durante décadas, los principales actores del ambiente político dominicano han tenido múltiples oportunidades de conducir procesos de cambio profundo. Sin secuestro, los resultados distan de las expectativas generadas. Las transformaciones económicas han sido desiguales, con crecimiento sin mejora; las reformas institucionales, parciales y reversibles; y la modernización del Estado, más discursiva que efectiva. La consecuencia es una ciudadanía crecientemente escéptica, distante y, en muchos casos, resignada.
Este contexto obliga a una advertencia seria: el problema no es solo quién gobierna, sino cómo se gobierna y para qué se gobierna. La política dominicana ha sido dominada por proyectos personales, ciclos de poder cortoplacistas y visiones utilitarias del Estado. Se gobierna para cuidar coyunturas, no para construir futuro. Se prioriza la permanencia en el poder por encima de la continuidad institucional.
En presencia de esta existencia, emerge una carencia impostergable: el surgimiento de un nuevo liderazgo político con auténticas posibilidades de alcanzar el poder y, más importante aún, con la voluntad y capacidad de encabezar un serio plan de nación. No un plan de gobierno circunscrito a un período constitucional, ni un plan personalista sustentado en carisma o cálculo electoral, sino una visión estratégica de grande plazo, compartida, institucionalizada y medible.
Un plan de nación implica consensos básicos sobre el maniquí de mejora, la calidad institucional, la conciencia social, la educación como eje transformador, la competitividad con equidad y el respeto irrestricto al Estado de derecho. Supone blindar las instituciones para que trasciendan a los individuos, avalar políticas públicas que continúen más allá de los gobiernos y construir una ética pública que restablezca la confianza entre el Estado y la sociedad.
La República Dominicana no necesita salvadores ni caudillos; necesita liderazgos modernos, capaces de articular voluntades, de escuchar más que imponer y de regentar con visión de país. La continuidad que urge no es personal, es institucional. Solo así será posible romper el ciclo de frustraciones y avanzar, con seriedad y responsabilidad histórica, con destino a una nación más certamen, sólida y sostenible.
jpm-am
Compártelo en tus redes:






