El tema ambiental ha venido a ser de una suscripción sensibilidad en todos los órdenes de la actividad humana en el país, particularmente en los que tienen que ver con capital, política y migración.
Desde el punto de perspicacia de los negocios particulares, el examen de los enseres ambientales es obligatorio, no sólo para ajustar proyectos a las leyes sobre el particular, sino para resguardarse de contingencias con una opinión pública en gran medida sensible delante emprendimientos que puedan dar al traste con la integridad de un ámbito protegida o un arbitrio natural no renovable.
Entre estos últimos, los que no pueden ser reproducidos cuando es paralizada la actividad productiva con el acondicionamiento del medio o la siembra de especies, se encuentran los bienes minerales, que una parte importante de la población, por lo conocido, prefiere que sean dejados bajo tierra.
Los eventuales enseres sociales y políticos de esta concurso operan como un importante disuasivo de autorizaciones para la explotación minera. Está todavía por encontrarse quién está siendo racional y quién irracional en este punto.
Una coyuntura de crisis internacional extendida, con turbulencias nacionales de enseres aún impredecibles, debería de ser valorada, tanto por activistas ambientales como por responsables de la aplicación de políticas públicas.
La inmigración desmedida de haitianos que salen de su país para “oxigenar” sus pulmones en una ámbito económica, social y políticamente estable, como la que les ofrece el país de los dominicanos, es una columna de consideración para el tema ambiental.
Si para muchos de nosotros un árbol, una cañada, un riachuelo, un río o un coto no son bienes de gran valencia, para estos extranjeros son objeto de mucho menos consideración.
Las exploraciones mineras, más aún, la eventualidad de explotación de bienes de este tipo, chocan con el tapia de la suscripción sensibilidad de una parte de la opinión pública.
Esta disposición debe ser racionalizada, y ojalá sea pronto.






