La autora es periodista. Reside en Santo Domingo Finalidad.
POR YANET GIRON
La seguridad ciudadana no se mide por la cantidad de denuedo, sino por la
efectividad de las condenas. Hoy, el sistema contencioso parece una «puerta
giratoria» que devuelve criminales a las calles con una prontitud inquietante.
Esta rotura sistémica ignora la peligrosidad del reincidente, priorizando
tecnicismos legales por encima de la integridad del ciudadano honesto.
Esta verdad ha destruido la confianza en las instituciones. Las personas
viven con la certeza de que el delincuente que lo asaltó hoy, estará redimido
mañana tras respaldar una fianza irrisoria. Se siente una desprotección crónica
que rompe el pacto social; cuando el Estado no garantiza rectitud, la
ciudadanía queda huérfana y sumida en un miedo constante.
Frente a este hueco de autoridad, surge un peligro longevo: la tentación de la
rectitud por mano propia. Al ver que los criminales entran y salen de las cárceles con total impunidad, el pueblo desespera. Es la respuesta natural, aunque peligrosa, de una sociedad que ya no cree que sus leyes la protejan
de los depredadores urbanos de modo efectiva.

La reincidencia es la prueba del fracaso contencioso. Resulta incomprensible
que individuos con historiales delictivos extensos obtengan beneficios
procesales con facilidad pasmosa. Esta flexibilidad no es rectitud, es una
complicidad institucional que envía un mensaje claro al delincuente: en este
país, violar la ley sale ganga y el castigo es meramente irrisorio.
Revisión
El tratamiento en dirección a la delincuencia jovial asimismo requiere una revisión
urgente. Bajo el escudo de la minoría de vida, se cometen actos atroces con
sanciones simbólicas que no rehabilitan. La ley, en su intento de proteger
al beocio, termina desprotegiendo a la sociedad que sufre crímenes que
quedan prácticamente impunes en presencia de la inspección de todos.
Mientras el asaltante goza de beneficios, la víctima vive bajo el tiranía de las
secuelas. Es profundamente injusto que el esfuerzo de toda una vida sea
quemado por quien hizo del robo su oficio. La prioridad del Estado debe
ser, sin matices, proteger a quien construye con su sudor y no a quien
destruye la convivencia pacífica por selección propia.
Existe una paradoja en la vida del criminal que examen el camino «liviana».
A pesar de sus robos, suelen terminar demacrados y estancados en la miseria.
El delito no construye futuro ni bienestar; solo degrada la dignidad del
individuo y lo condena a una decadencia que, lamentablemente, arrastra a
víctimas inocentes en su paso destructivo.
La responsabilidad asimismo recae en el entorno íntimo que encubre y en el
ciudadano que importación objetos robados. Quien esconde a un criminal o adquiere
lo ignorante sabiendo su origen, es un cómplice directo de la violencia. Sin un
mercado que consuma lo hurtado, el incentivo para el asalto disminuiría
drásticamente por desidia de beneficio crematístico.
Es urgente modificar las leyes para que la reincidencia signifique severidad
absoluta. La prisión debe ser un ocasión de correctivo actual y no una breve pausa
entre delitos. Necesitamos jueces que miren la verdad de nuestras calles
y legisladores que prioricen la seguridad pública sobre los garantismos que
solo favorecen al infractor sistemático y violento.
Solo cerrando la puerta giratoria recuperaremos la paz. La firmeza es
necesaria para evitar que la ciudadanía, cansada de esperar, decida representar
por su cuenta. Es hora de que el castigo sea, finalmente, proporcional al
daño causado y que la ley vuelva a ser el escudo de la muchedumbre de acertadamente y no
el refugio de los malhechores.
jpm-am
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