En política, pocas jugadas son tan riesgosas como intentar prolongar un esquema de poder con un rostro diferente, pero sin alma propia. Ese parece ser el plan que se cocina en el PRM de cara al 2028, con la vicepresidenta Raquel Peña emergiendo como “el jubilación natural” para instalarse la apero presidencial. Pero conviene preguntarse: ¿natural para quién?
Peña no es una figura nacida de la lucha partidaria ni de los vaivenes de la política de cojín. No viene del limo electoral ni del sudor de las calles. Su arribada a la vicepresidencia fue una intrepidez técnica, no una conquista política.
Y esa es, al mismo tiempo, su principal fortaleza y su longevo pasión: no carga con deudas internas ni enemigos viejos, pero siquiera tiene haber político propio. Es, en esencia, un esquema diseñado en laboratorio, cómodo para los sectores empresariales y tranquilizador para el oficialismo, pero sin raíces firmes en la militancia.
El peligro para el PRM es evidente. Intentar entregar a Peña como candidata presidencial puede interpretarse como un acto de continuismo maquillado, una prolongación del liderazgo de Luis Abinader bajo otro rostro.
Y ese disfraz, por más admisiblemente planchado que luzca, podría desatar tensiones internas en un partido donde abundan dirigentes curtidos, con deseo verdadero de poder y poca disposición a ser comparsas de una “candidatura boutique” impuesta desde hacia lo alto.
El discurso de estabilidad y continuidad que podría interpretar Peña no hilván en un marco donde la política se juega en las calles, en los barrios, en la cercanía con las bases que reclaman inspección.
¿Qué ofrece la vicepresidenta a esos sectores? ¿Qué les garantiza a los perremeístas que ven en ella más una figura de élite que una compañera de lucha? ¿Qué heridas abrirá el dedo presidencial si Abinader decide imponerla?
De aquí a 2028, el PRM enfrentará su longevo dilema.





