¿Puede América Latina dejar de ser solo exportadora de materias primas?

Por José Luis Sampietro Saquicela

América Latina sigue atrapada en un maniquí financiero que la condena a acatar de la exportación de productos primarios. Mientras China, Estados Unidos y la Unión Europea sostienen su incremento sobre manufacturas de suspensión valencia adjunto, innovación tecnológica y servicios, nuestra región continúa vendiendo petróleo, cobre, soya, café y minerales como si el tiempo no pasara. Más de la porción de nuestras exportaciones son materias primas, con escasa transformación específico. Y aunque hay excepciones, como México en el sector automotriz o Brasil con la industria aeronáutica, el patrón regional es claro, vivimos de lo que la tierra y el subsuelo nos dan, pero no de lo que nuestras universidades y centros de innovación logran construir.

Este rezago no es casualidad, sino consecuencia directa de un sistema educativo que no asegura a las deposición del siglo XXI, de una inversión pública insuficiente y de una visión de incremento que nunca priorizó el conocimiento como motor central. Según datos de la UNESCO, América Latina invierte en promedio 4,3 % del PIB en educación, muy por debajo del 6 % recomendado. Países como Haití escasamente alcanzan 1,2 %, mientras otros como Bolivia se acercan al 8 %, pero con serias deficiencias de calidad. La consecuencia es que casi un tercio de los adolescentes no completa la secundaria y que, entre los más pobres, las probabilidades de terminar la escuela se reducen drásticamente. Es proponer, formamos sociedades donde la educación sigue siendo un privilegio y no un derecho efectivo.

Una región que educa mal, que abandona a sus jóvenes en el camino y que no conecta universidades con industrias, está destinada a ser proveedora de materias primas. No sorprende entonces que nuestra productividad gremial esté estancada, que el 70 % de la fuerza de trabajo sobreviva en la informalidad y que el empleo formal con proyección sea escaso. Según el Asiento Mundial, casi el 30 % de las empresas en América Latina no puede crecer por equivocación de trabajadores calificados. Esa carencia es la consecuencia de un sistema que nunca se modernizó ni entendió que el incremento del hacienda humano es la única vía para competir en un mundo donde la innovación manda.

El problema se agrava con la fuga de cerebros. Cuando se logra formar a un profesional de excelencia, las oportunidades en la región son tan limitadas que el talento emigra. Estados Unidos, Europa y, más recientemente, China se convierten en receptores de científicos, ingenieros, médicos e investigadores latinoamericanos. Pespunte ver lo ocurrido en Venezuela, en donde según estudios recientes, una proporción considerable de los migrantes venezolanos cuenta con educación universitaria o posgrado; por ejemplo, el Asiento Interamericano de Explicación señala, que más de la porción de quienes emigraron de Venezuela tiene educación universitaria o de posgrado. Una fuga de talento que dejó hospitales sin médicos, universidades sin profesores y empresas sin ingenieros.

Si admisiblemente Venezuela es un caso extremo, el patrón se repite en países como Argentina, Perú o Colombia, donde la migración calificada supera el 10 % de los profesionales formados. Exportamos petróleo y cobre, pero asimismo exportamos cerebros, y en los dos casos el valencia adjunto lo capturan otros.

Esta combinación de víctima educación de calidad, fuga de talento y equivocación de inversión en investigación impacta directamente en el empleo. No es coincidencia que la región tenga tasas persistentes de pobreza, incluso en ciclos de bonanza de precios. Y es que los empleos que se generan en sectores extractivos o agrícolas suelen ser inestables, mal pagados y con escasas oportunidades de crecimiento. Al no diversificar en dirección a industrias más complejas, dejamos a millones de trabajadores atrapados en actividades de bajo valencia.

Mientras que América Latina envía al mundo barcos de soya, mineral de hierro, cobre o petróleo crudo, China exporta más del 90 % en manufacturas, como electrónica, maquinaria, textiles, productos químicos. La Unión Europea supera el 70 % en manufacturas de suspensión valencia, con industrias como la farmacéutica, la automotriz o la aeronáutica. Estados Unidos, adicionalmente de exportar manufacturas, se ha convertido en el gran exportador de servicios tecnológicos y financieros.

La dependencia de productos primarios no solo nos hace más pobres, sino más vulnerables. Somos rehenes de ciclos de materias primas que no controlamos. En cambio, quienes apuestan por la innovación y la manufactura generan resiliencia, pues su valencia no depende del clima o de un conflicto geopolítico, sino de la capacidad de sus industrias y su gentío.

¿Podemos salir de este ciclo?

Sí, pero no será rápido. Los ejemplos internacionales muestran que un proceso de transformación productiva basado en educación e innovación requiere al menos una lapso sostenida de inversión. Para abrir, América Latina debería aumentar su consumición educativo al 6 % del PIB, mejorar la calidad docente, dominar la defección y vincular mucho más la universidad con la empresa. Al mismo tiempo, se necesita destinar mayores medios a investigación y incremento. Hoy escasamente invertimos 0,7 % del PIB en I+D, mientras la OCDE invierte en promedio 2,4 %.

Exceder la dependencia primaria implica asimismo políticas de retención y retorno de talento. No hilván con formar profesionales, hay que darles oportunidades reales para que investiguen, creen empresas o lideren industrias desde aquí. Algunos países del Este de Europa lograron revertir la fuga de cerebros cuando empezaron a ocasionar entornos competitivos, infraestructura de calidad y apoyo al plan. América Latina debería memorizar de esas experiencias. El camino no es liviana, pero es insalvable.

Modificar en educación, ciencia y tecnología no es un postín, es una necesidad. Y aunque los resultados cuantitativos no serán inmediatos, un compromiso sostenido durante una procreación podría cambiar el destino de la región.

América Latina no carece de talento ni de medios, pero si de visión. Mientras no entendamos que el petróleo y el litio valen menos que una documento, que una tonelada de cobre genera menos riqueza que un software, y que un campo de soya nunca reemplazará a un centro de innovación, seguiremos condenados a existir del pasado. La historia no se cambia sola, se cambia con valentía política. Solo así dejaremos de ser exportadores de materias primas y de cerebros, para ser finalmente exportadores de conocimiento.

José Luis Sampietro Saquicela es PhD en Cibernética y Robótica. Ha desarrollado investigaciones en diversas universidades ubicadas en Francia, España y Ecuador, en temas de energía, tecnología y incremento. Su linde de trabajo se enfoca en finanzas social, transformación industrial y progreso educativa.

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