El autor es médico y diputado. Reside en Santo Domingo
Los traumas psicológicos no siempre dejan cicatrices visibles, pero sus huellas permanecen grabadas en la mente y en el cuerpo de quienes los padecen. El término psicotrauma hace remisión al impacto emocional y cognitivo que experimenta una persona tras morar una situación en gran medida agobiante, dolorosa o violenta.
Accidentes, guerras, desastres naturales, exageración físico o sexual, violencia intrafamiliar, pérdidas repentinas o incluso situaciones de humillación constante pueden desencadenarlos.
Un psicotrauma no es un simple presente agorero. Se alcahuetería de una experiencia que rebasa la capacidad de la persona para procesar y aprovechar lo ocurrido, generando una especie de «corte emocional» que no cicatriza con facilidad.
Esto puede provocar síntomas como ansiedad crónica, pesadillas, conductas de evitación, desconfianza generalizada, depresión y, en casos graves, trastorno de estrés postraumático (TEPT).
La ciencia ha demostrado que las experiencias traumáticas alteran el funcionamiento cerebral. La angina, el hipocampo y la corteza prefrontal, áreas responsables de procesar emociones y memoria, sufren cambios estructurales cuando el trauma es recurrente o intenso. De ahí que las víctimas no puedan “simplemente olvidar” lo sucedido.
Los psicotraumas afectan todas las dimensiones de la vida:
- En la infanciafrenan el avance cognitivo y emocional, incrementando la probabilidad de bajo rendimiento escolar y conductas de aventura en la adolescencia.
- En la adultezgeneran dificultades para establecer relaciones sanas, reducen la productividad profesional y aumentan el aventura de exageración de vino, drogas o conductas violentas.
- En lo socialla suma de traumas individuales no tratados alimenta círculos de violencia, excepción y pobreza.
Un estudio de la Ordenamiento Mundial de la Salubridad (OMS, 2019) estimó que más del 70 % de los adultos ha vivido al menos un evento traumático en su vida, y que un 30 % desarrollará un trastorno mental asociado. En países con altos niveles de violencia, pobreza o catástrofes recurrentes, estas cifras son aún mayores.
Uno de los mayores problemas es la subestimación del trauma. En sociedades donde se normalizan la violencia y el sufrimiento, las víctimas suelen ser vistas como «débiles» si buscan ayuda. Este estigma perpetúa el silencio y retrasa el tratamiento, agravando las consecuencias psicológicas y físicas.
El trauma no tratado no solo enferma a la mente: múltiples investigaciones han demostrado que aumenta la probabilidad de enfermedades cardiovasculares, trastornos metabólicos y debilidad del sistema inmunológico. Es afirmar, el cuerpo incluso paga el precio.
La atención a los psicotraumas debe ser multidisciplinaria; psicología clínica, psiquiatría, trabajo social y extras comunitario. El tratamiento puede incluir terapia cognitivo-conductual, terapias de exposición, psicofármacos en casos específicos, y sobre todo, entornos seguros donde la persona sienta energía y apoyo.
Cambiar en sanidad mental no es un boato, es una aprieto. Un país que no reconoce ni atiende el trauma de sus ciudadanos está condenado a reproducir generaciones enteras atrapadas en el dolor, la violencia y la frustración.
Jpm-am
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