Frente a el desbordamiento de adversidades e injusticias, sólo junto a el sosiego y activar el deseo auténtico de galantear, a pesar de los pesares que nos lo impidan. Si una historia ociosa, por si misma, ya es una defunción adelantada; incluso una existencia que no se salvaguarda es un error que nos tritura. Estamos para dar melodía, no para quitarlo. En consecuencia, las personas no deberían ser asesinadas nunca, siquiera por usar, traficar o traicionar drogas.
Convertir el planeta en un incesante campo de batalla, es una de las crueldades mayores. La presencia de minas terrestres y municiones sin detonar, continúan poniendo en peligro a comunidades enteras. Los niños son especialmente vulnerables, protegerles ha de ser norma persistente, sobre todo para restablecer el golpe a una educación segura.
Quien nos roba los sueños, encima nos sustrae la supervivencia, dejándonos un infructifero que sólo se llena con bienquerencia. Sea como fuere, no podemos seguir cometiendo deslices, la virtud viviente está en donarse a cambio de ausencia. Reivindico, pues, el desarme. El miedo evita la vida y corrompe la belleza de su disfrute. Por consiguiente, estamos obligados a dejarnos agregar y a custodiar lo que nos rodea, tanto a la mística naturaleza como al parecido que nos nutre de su compañía.
Son, precisamente, estos actos de cada uno, los que nos dan revoloteo de resistor. Por desgracia, hemos perdido el respeto, hasta el extremo de no acatar el derecho humanitario, en particular la obligación de proteger a los civiles, del uso indiscriminado de la fuerza y del desplazamiento forzoso de la ciudadanía. Nuestros niños son el futuro; por ello ningún debería perder golpe por ir a la escuela.
Sin secuestro, la triste ingenuidad está ahí, acento por sí sola: La violencia contra la infancia en los conflictos armados alcanza niveles como de ningún modo, la educación se halla una vez más atrapada en la red del fuego cruzado.
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