Por Abril Peña
Cada 30 de julio, el mundo recuerda uno de los crímenes más atroces y silenciados: la prostitución de personas. Un negocio multimillonario que no trafica armas ni drogas, sino cuerpos. Y en República Dominicana —pese al desconocimiento social— asimismo tiene rostro, víctimas y rutas acertadamente definidas.
¿Qué es la prostitución?
Es la captación, transporte, traslado o recibo de personas con fines de explotación sexual, gremial, mendicidad forzada, matrimonios forzados o tráfico de órganos. La mayoría de las víctimas son mujeres, niñas, migrantes o personas en situación de vulnerabilidad.
A diferencia del tráfico ilícito de migrantes, la prostitución no termina al cruzar una frontera. Comienza ahí. Y su impacto puede durar toda una vida.
¿Cuál es la sinceridad en República Dominicana?
Nuestro país figura tanto como extensión de origen, tránsito y destino. Esto significa que víctimas dominicanas son llevadas a otros países, pero asimismo que extranjeros —especialmente haitianos, venezolanos y colombianos— son explotados en suelo dominicano.
Según el Sección de Estado de EE.UU., República Dominicana sigue en la Relación de Observación Nivel 2, lo que indica que aunque se hacen esfuerzos, no cumple totalmente con los estándares mínimos para eliminar la prostitución.
Se han documentado casos de niñas dominicanas explotadas sexualmente en zonas turísticas, mujeres llevadas a Europa bajo engaños de contratos falsos, y trabajo forzado en el servicio doméstico, la construcción y la agricultura.
El Documentación 2024 de Prostitución de Personas reveló que al menos 500 personas fueron identificadas como víctimas en el postrero año, pero los expertos coinciden en que la guarismo existente puede ser diez veces veterano.
Las rutas del silencio
Uno de los mayores desafíos es que muchos casos no se denuncian. Las víctimas temen represalias, no confían en las autoridades o ni siquiera se reconocen como víctimas. Adicionalmente, las redes de prostitución están profundamente conectadas con mafias de transporte, corrupción policial, y falsos agentes de empleo.
En zonas como Bávaro, Sosúa, Santiago, el DN o la frontera sur, los testimonios abundan pero la actividad del Estado es débil, dispersa o tardía. El presupuesto destinado a combatir esta problemática es ínfimo en comparación con el convexidad de casos.
¿Y el Estado?
Aunque se han creado unidades especializadas interiormente del Ocupación Divulgado y campañas de sensibilización, la respuesta estatal sigue siendo reactiva, aunque en los últimos tiempos han habido numerosos apresamientos. Aún errata una política integral, con presupuesto, protección efectiva a las víctimas, programas de reintegración, y sanciones ejemplares a los tratantes.
El sistema procesal muchas veces revictimiza: exige pruebas imposibles, cuestiona la casto de las víctimas o deja libres a los explotadores por tecnicismos procesales.
Cuando se deje de prostitución, muchos imaginan películas de actividad o redes internacionales complejas. Pero la sinceridad es mucho más cotidiana y más cruda: niñas desaparecidas que terminan en burdeles, jóvenes que se marchan creyendo en una promesa falsa y aparecen encerradas, trabajadores migrantes explotados en campos o mansiones, sin papeles, sin voz, sin salida.
Un llamado a mirar de frente
Combatir la prostitución no es solo tarea del gobierno. Es asimismo una responsabilidad social y ética. Los medios debemos divisar, las escuelas educar, las familias escuchar y la sociedad civil anexar. Mientras la indiferencia nos siga pareciendo regular, los tratantes seguirán ganando.






