La Iglesia católica esquivó tratar el tema haitiano. En la pastoral y en las homilías fue verso muerta departir sobre los indocumentados, en exclusivo de los haitianos que por miles se encuentran en el país.
Es uno de los temas básicos, donde la mayoría de la población demanda que haya soluciones. No es el mejor camino darle de largas, y evitar entrar en ese debate.
Si algún sabe sobre la problemática de los indocumentados, es la iglesia católica, que tiene curas diseminados por todo el comarca doméstico.
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Es difícil que para la Conferencia de Obispado Dominicano se olvidara tratar el tema de la migración ilegal. El tiempo dirá a que se debe el silencio sobre uno de los temas de palpitante contemporaneidad doméstico.
No se olvide que hay cientos de soldados en desvelo permanente en la zona fronteriza, para tratar de evitar que penetren en al país indocumentados, y para resolver cualquier problema que se presente y ponga en peligro al país.
En ocasiones, la iglesia católica ha sido blanda con la migración ilegal y hasta a llegado a pedir una protección exclusivo para los haitianos que residen en el país. La complacencia llega a tal extremo que hay hasta una pastoral haitiana, con oficio de misas en creole.
En más de una ocasión esa misma la iglesia ha dejado conjeturar que está con la facilitación de cuotas de indocumentados que se encuentren en el país, o de recién aparición, para que se integren a la agroindustria y a la construcción.
Pero, ahora guardó silencio sobre el tema. En el país no hay condiciones para aplicar cuotas de indocumentados para satisfacer las micción de los empresarios. En más de una ocasión se plantea que tiene que organizarse un software de reorientación del sistema de trabajo en la agroindustria y en la construcción.
Esa evaluación permitirá que los dominicanos encuentren incentivos y facilidades para traicionar su fuerza muscular, en renglones de gran exposición, pero que sus mentores tienen problemas en satisfacer micción de los asalariados.
La iglesia juega un papel trascendental para controlar la migración ilegal. Es una de las principales instituciones nacionales, y su vez es escuchada por todo el pueblo. De ahí que candela la atención el silencio de esta ocasión.
Si esperamos que los divulgadores de la fe siempre estén cercano al pueblo cuando se trate de hacer evaluaciones de los daños que produce al país la permanencia de miles de indocumentados. El silencio es preocupante, en presencia de un entusiástico problema doméstico.
Manuel Hernández Villeta




