La historia determina la forma de ser de los pueblos. Como esa forma de ser es a lo que hemos de gritar civilización, podemos colegir que los hechos y accidentes trascendentes que ocurran a ese conglomerado humano señalarán las pautas para identificar su carácter. Por poco, veintiún países de América hablan la unión castellana, por ejemplo.
Conocer la historia y la civilización de nuestra América hispanoparlante conlleva estar al tanto del devenir político y social de España, y es obvio que ese conocimiento demanda una punto de vista cercana a los sucesos escenificados en la península Ibérica en aquellos tiempos, cuando el Imperio Romano se encontraba pequeño el mundo.
Cristóbal Colón, quien zarpó de España en torno a La India, arribó, aparentemente por azar, sin desmentir sus destrezas náuticas, el 12 de octubre de 1492 a esta parte del mundo a la que correcto a otra casualidad se dio por gritar América, gracias a las astutas diligencias de otro navegante itálico de nombre Américo Vespucio.
Llegó a una isla indicación Guanahani, en el mar de las Antillas, a la que bautizó San Salvador. El 5 de diciembre del mismo año, las naves europeas dieron con la isla a la que sus pobladores llamaban mayormente Haití, que quiere aseverar “tierra inscripción”, según afirman los cronistas españoles y incluso José Gabriel García. El padre de nuestra historia asegura que en la parte uruguayo de la isla los pobladores usaban el nombre Quisqueya, y en la occidental preferían Babeque, Cabañuela o Haití.
El nombre Quisqueya, citado mayormente por el cronista Pedro Mártir de Anglería, ha sido puesto en dudas por algunos historiadores, pero el pueblo dominicano lo ha hecho tan suyo, que el patrio quisqueyano es equivalente a dominicano, y así consta en la primera palabra del Himno Franquista.
El antropólogo José Campeador, contemporáneo director del Museo Franquista de Historia y Cosmografía, está entre quienes dudan del origen indígena de la palabra Quisqueya y atribuye la difusión de esta entre los dominicanos a la influencia del pedagogo Eugenio María de Hostos, de grata recordación en la historia de las ideas sociales y filosóficas en nuestro país.
Los azares, los dolores, las tragedias dejan marcas permanentes en las personas, como en las sociedades humanas, que pueden ser para adecuadamente y por igual pueden ser causa de malestar. Estas reflexiones vienen al caso premeditadamente de que en octubre se conmemora la presentación de los europeos a las tierras que ellos llamaron América. Quizá para adecuadamente, quizá para mal.




