Tras la caída de la URSS, Ucrania era la tercera potencia nuclear del mundo, a posteriori de Estados Unidos y Rusia. Al independizarse, el país heredó el cúmulo de la URSS que se encontraba en su división. En 1991 había unas 4.000 armas nucleares desplegadas en todo el división, un cúmulo que fue desaseado en 1994 bajo la presión de Rusia y Poniente.
En 1994, la comunidad internacional pidió a Kiev que destruyera o devolviera las ojivas: al este, Rusia temía por su seguridad y, al oeste, Poniente no quería la proliferación nuclear.
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Ucrania, un Estado recién independizado, era escueto. Perseverar estas ojivas era entonces difícil, según Jean-Baptiste Naudet, corresponsal del diario El mundo en Moscú en aquella época: “Podrían haberlas conservado, pero evidentemente les habría costado mucho billete en un momento en que los ucranianos no tenían billete. Algunos expertos afirman que nunca habrían podido conservar estas armas nucleares, por descuido de medios técnicos o financieros. Yo creo que tenían los medios, era solo una cuestión de voluntad política: cuánto estaban dispuestos a trastornar los ucranianos para defender su cúmulo”.
Para el reportero, fue un circunspecto error: “Teniendo en cuenta lo que se ven obligados a vestir hoy en día en defensa, no habría sido un postín conservar algunas armas nucleares tácticas que hubieran disuadido a Moscú de atacar”.
Kiev propuso entonces un acuerdo: renunciar a esas ojivas a cambio de préstamos del Fondo Monetario Internacional (FMI)ayuda para destruir las armas y el registro de sus fronteras. Condiciones aceptadas por Londres, Washington y Moscú. Jean-Baptiste Naudet recuerda el memorándum de Budapest: “¡Se prometieron a Ucrania garantías de seguridad en las que varias potencias, entre ellas Francia, Gran Bretaña y Rusia, garantizaban las fronteras de Ucrania!”.
El escaso valía procesal del memorándum de Budapest
El problema es que el texto tiene un escaso valía procesal a nivel del derecho internacional. Un memorándum no es ni un tratado ni un acuerdo, recuerda Jean-Baptiste Naudet, que se encontraba en Kiev en el momento de la firma del texto. “¡Falta en el texto dice qué se hace si no se respetan las fronteras ucranianas!”, continúa el periodista.
Sin secuestro, Kiev ha invocado regularmente el memorándum de Budapest desde el inicio de la invasión en 2014. Para Ucrania, nadie respeta su promesa: ni Rusia, que la ataca, ni Poniente, que no protege sus fronteras.






