
Si hay poco en lo que todos coincidimos debe ser en que todos hemos experimentado una preocupación alguna vez, puede ser que poco nos esté preocupando en este momento o que nos vamos a preocupar por poco en algún punto de nuestra vida.
Me atrevo a suponer que preocuparse no está entre tus actividades favoritas. Preocuparse no es agradable, te pone inquieto, nervioso, irritable. Te produce dudas, te atemoriza, te entristece o te angustia, y no se queda ahí, porque además te distrae durante las tareas de tu trabajo, se te cruza por la cabecera mirando esa película, te llega de adversidad ese pensamiento en una reunioncita con los amigos o se te aparece ya acostado en la cama, sagaz para descansar, prolongando la conciliación de tu sueño. Luego, ¿Qué de bueno puede tener preocuparse?
Ayer de datar ahí, te interrogo primero ¿cómo defines la preocupación?
Déjame, te ayudo. La preocupación es la actividad cognitiva que reconoce la posibilidad de que ocurra un suceso que puede traer consigo consecuencias negativas. O sea, es anticipar un problema.
Delante la anticipación de consecuencias desfavorables de un evento x, nuestro cerebro simula las posibles conductas que derivaría el caso, e incluso la emoción que podríamos percatar en presencia de el mismo. Por eso la preocupación y el miedo salen clan. El miedo produce la inquietud y el malestar del que hablamos anteriormente, y es el responsable de que este proceso cognitivo se experimente de forma displacentera.
Sin secuestro, esta capacidad de imaginarnos un decorado cenizo, sus posibles consecuencias y hasta activar en nosotros la posible emoción que ello desencadenaría, no está puesta ahí a lo majareta, de hecho, tiene su propósito, tiene una función y aquí te la exposición.
Esta capacidad permite atender un problema incluso ayer de que ocurra, proporcionándote la oportunidad de encontrar una alternativa adecuada al mismo o a sus consecuencias en caso de que sea inminente. Ahora aceptablemente, la preocupación es
un proceso que está orientado a dar con una alternativa, pero cuando no la encuentra, el malestar incrementa, el miedo es veterano, hasta la boca se te sequía y aquí es donde se encuentran muchos, angustiados porque anticipan la “inminencia” de un problema y creen no tener una alternativa para el mismo o para sus consecuencias.
Por lo que, se infiere que esto extremo se trataría de un adeudo en la capacidad de resolución de problemas, de distorsiones cognitivas rodeando de la conceptualización del problema o una ineficiente gobierno emocional y la buena informe es que todas las anteriores son habilidades, y las habilidades pueden adquirirse y/o entrenarse.
El hecho de que nuestro sistema cognitivo tenga la capacidad de prever un problema, y avisarnos para encontrar una alternativa ayer de este ocurra me parece impresionante y recordar que esta es la función de la preocupación nos otorga la oportunidad de objetar a ella de una forma más ventajosa y conveniente para el objetivo de nuestro bienestar.






