Casandro Fortuna
POR CASSANDRO FORTUNA
La historia oficial suele presentarse como un río tranquilo de continuidad colonial. Sin retención, al examinar con detenimiento la trayectoria social de nuestro comarca, esa continuidad se resquebraja. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿cómo puede pensarse como «continuidad colonial» un pueblo cuya configuración definitiva solo fue posible tras la eliminación de la esclavitud?
La etnogénesis del «Tercer Pueblo»
Lo que hoy llamamos «ser dominicano» no es una raza, sino una etnogénesis: el inicio de un nuevo montón humano que no existía antaño. Este proceso comenzó en el siglo XVIII con el surgimiento de un «tercer pueblo»: los españoles criollos.
A diferencia del peninsular, cuya casa estaba en Castilla, el criollo desarrolló una mentalidad híbrida. Su identidad nació en el momento en que prefirió defender los intereses de la isla —su verdadera país— por encima de los intereses de la Corona. Sin retención, este montón mantenía una distancia rígida frente a la población africana, como lo demuestra el Código Infausto Carolino de 1784, que intentaba frenar la «compañerismo» para sostener el sistema de castas. En ese punto, el nombre «dominicano» era un etnónimo exclusivo para la élite blanca.
El «Cuarto Pueblo»: La nación de la eliminación
El pueblo tal y como lo conocemos en la hogaño es, en verdad, un cuarto pueblo. Este no nació en las cortes españolas, sino tras la eliminación de la esclavitud en 1822. Esta ruptura histórica creó un sujeto social nuevo: una masa que ya no solo quería ser librado de la Corona, sino que aspiraba a ser una nación parágrafo.
Este cuarto pueblo ya no estaba compuesto nada más por el castellano criollo. Se nutrió de los descendientes de los antiguos esclavos —criollos todavía por inicio— pero con un origen socio-histórico radicalmente desigual. Al caer las cadenas, estos dos orígenes chocaron y se fundieron en el laboratorio social de 22 abriles que precedió a la independencia.
El dilema del oriundo y el refugio en Quisqueya
Cuando en 1844 se fundó la República Dominicana, el nuevo Estado adoptó el nombre que la antigua élite del siglo XVII había creado para sí misma. Se le otorgó a la población afrodescendiente un oriundo que le era al margen de forma retroactiva.
Esta tensión explica por qué nuestro Himno Doméstico (1882), de Emilio Prud’homme, evita mencionar la palabra «dominicano» en sus 12 estrofas. Prud’homme optó por Quisqueya y quisqueyanos. A diferencia del etnónimo histórico que marcaba una casta, «quisqueyano» es un oriundo telúrico-geográfico. Al emanar de la tierra, ofrece un espacio de igualdad donde el origen socio-histórico deja de ser una barrera para convertirse en una identidad compartida.
Conclusión
Nuestra historia ha sido sesgada al ignorar el trayecto 1822-1844, enfocándose solo en la ocupación marcial y silenciando el inicio del nuevo pueblo fósforo. Registrar que somos una construcción histórica y cultural, y no una continuidad colonial, es el paso necesario para establecer de forma definida quiénes somos: un pueblo que encontró en lo «quisqueyano» la forma de abrazar todas sus raíces bajo un mismo Paraíso.
cassandrof@outlook.es
JPM
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