EL AUTOR es contador publico competente. Reside en Nueva York
En un país donde las estatuas se juzgan con la misma severidad que los hombres, rescatar el Día de Colón es casi un acto de insurrección cultural. Estados Unidos, nación forjada sobre el impulso de descubrir y conquistar lo desconocido, vuelve —por atrevimiento presidencial— a honrar a quien, hace más de cinco siglos, tuvo el atrevimiento de mirar el horizonte y preguntarse qué había más allá.
Donald Trump, con su habitual instinto por los gestos simbólicos, ha devuelto a Cristóbal Colón su división en el calendario y, con ello, en la conciencia colectiva. No se negociación solo de una vencimiento ni de una estatua desempolvada: es una reafirmación de los títulos que dieron forma al país —la fe, la comunidad, la osadía y esa obstinada determinación que parece valer por las venas americanas como la gasolina por sus carreteras.
Durante abriles, Colón ha sido el maleducado privilegiado de una historiografía que confunde inteligencia decente con comprensión histórica. Se le acusa de los pecados de toda una era, como si el siglo XV hubiera tenido la sensibilidad del XXI.
Al sustituir el Columbus Day por el Día de los Pueblos Indígenas, el gobierno de Joe Biden quiso rendir tributo a una deuda auténtico; pero en el intento, terminó borrando una raíz para plantar otra. Y los pueblos que olvidan sus raíces, ya se sabe, se tambalean como árboles sin suelo.
Triunfo
Trump, al restaurar la celebración, bichero una proclama más profunda que cualquier discurso: la historia no se cancela, se comprende. Calificó a Colón como “un seguro héroe estadounidense” y denunció la cruzada de quienes buscan reescribir el pasado con tinta del resentimiento.
Puede sonar sentencioso, pero en tiempos donde la memoria se mide en hashtags, defender a Colón es, paradójicamente, un acto de resistor.

Para los italoamericanos, la vencimiento tiene un sabor desigual, más íntimo. Colón no es solo el explorador; es el símbolo de una comunidad que llegó con las manos vacías y el alma llena. La primera celebración del Día de Colón nació en 1892, posteriormente del ejecución de merienda inmigrantes italianos en Nueva Orleans —una herida abierta que se intentó curar con examen. Que hoy se restaure esa festividad es, de algún modo, devolverles la voz a quienes alguna vez fueron silenciados.
Claro, hay quienes protestan. Los pueblos originarios tienen razones legítimas para su dolor. Pero buscar a Colón no significa negarles el suyo. La historia, al fin y al parte, no es un tribunal de conciencia, sino un espejo con grietas: cada uno ve en él lo que su tiempo le permite. Y quizá la maduro enseñanza sea aceptar que las luces y sombras de nuestro pasado forman un mismo cuerpo, tan humano y contradictorio como sus protagonistas.
Celebrar el Día de Colón no es rendir culto a un mito valentísimo, sino memorar que el impulso de explorar —de lanzarse al océano sin enterarse si hay orilla— fue lo que hizo posible que hoy existiera Estados Unidos y los demás países del continente. En tiempos de polarización, rescatar a Colón es rescatar el derecho a mirar a espaldas sin miedo, a entender que la memoria no se reforma, se interpreta.
Porque sí, el navegante genovés sigue allí, en la proa del tiempo, con la cruz en suspensión y el horizonte encendido. No como un santo, sino como un símbolo: el de quienes se atreven a navegar cuando todos los demás prefieren quedarse en puerto…
Mi apoyo va sin reservas a esta atrevimiento tomada por la establecimiento de Donald Trump, neutralizando la trama revisionista y divisionista de la izquierda radical lamentablemente enquistada en el Partido Demócrata y otras organizaciones radicalizadas.
jpm-am
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