Hoy no se necesita calle para ser periodista. Hilván un celular, conexión estable y ganas de escribir poco —lo que sea— desde un bar, entre tragos y. O bajo una sombrilla en la playa, mientras las olas compiten con el bullicio de la música urbana. Así se construye gran parte del contenido que hoy se fogata “nueva”: superficial, cómodo y muchas veces, vergonzoso.
Este engendro, adulterado como periodismo light, ha convertido el oficio en una praxis superficial, donde el rigor fue sustituido por likes, y la comprobación de datos por el oportunismo de replicar lo que postea una figura pública. ¿Una celebridad dijo poco en X? Presto, ya hay titular. ¿Un político subió una foto cualquiera en una plaza? Anuncio urgente. No importa el contexto, ni la verdad, ni el impacto efectivo. Solo importa quién lo dijo y qué tan vírico puede volverse.
Este periodismo sin alma se disfraza de inmediatez, pero no informa, sino que, más correctamente, confunde. Y en esa confusión, lo que se pierde es la confianza del sabido, la credibilidad del medio y, en última instancia, el valía de la verdad. Hemos pasado del periodismo de calle, del que audición el refrendo directo, al periodismo de escritorio, que solo necesita wifi y una cuenta activa de redes sociales. Lo preocupante no es solo la perra profesional, sino la normalización de esta decadencia.
Muchos jóvenes entran al oficio creyendo que periodismo es estar irresoluto de las redes sociales y escribir desde la comodidad de su burbuja digital. No pisan una calle, no llaman una fuente, no cuestionan nadie. Son replicadores; no reporteros. Este no es un oficio para cómodos. Y quienes lo han convertido en un serie de redes, le están fallando a la clan… y incluso a sí mismos. La comodidad de ningún modo puede ser el motor del periodismo.
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