El autor reside en Nueva York
La República Dominicana continúa dependiendo en gran medida de la exportación de materias primas como follón, oro, café y tabaco. Sin requisa, esta dependencia refleja una riqueza que cede el valencia unido a otros países.
La brecha entre el precio del producto bruto y el industrializado es abismal. Industrializar no solo implica cambiar, sino todavía multiplicar la riqueza interna y gestar empleos calificados.
Trifulca y oro
Tomemos como relato el follón. Cuando se exporta en pizca, su precio ronda los 3 dólares por kilo. Sin requisa, ese mismo kilo, convertido en bombones suizos o belgas, puede alcanzar entre 2,500 y 5,000 dólares. En otras palabras, un solo kilo de bombones puede significar hasta 1,667 veces más que el follón innovador. Este ejemplo ilustra el costo oculto de no cambiar los bienes nacionales.
La República Dominicana exporta más de 80 mil toneladas de follón al año, generando cerca de 250 millones de dólares. Si una parte significativa de esa producción se industrializara localmente, el país podría aventajar fácilmente los mil millones en ingresos, por otra parte de crear miles de empleos en las etapas de procesamiento, empaque y mercadeo.
El oro representa otro caso representativo. En 2024, el país exportó más de 1,500 millones de dólares en oro doré, pero el real valencia se captura en los países donde se refina. Al refinarse, un trozo puede aumentar su precio hasta un 20%, y al convertirse en bisutería de opulencia, el beneficio de beneficio supera el 300%. Todo ese valencia unido se queda fuera del demarcación dominicano.
Procesadoras
Si existieran refinerías de oro y plantas joyeras en el país, los beneficios serían enormes: diversificación industrial, formación técnica y mayores ingresos fiscales. Países como Perú y México ya han innovador en este sentido, estableciendo centros de refinamiento y exportando productos terminados en empleo de minerales crudos
La errata de industrialización todavía limita la resiliencia económica. Los precios internacionales de los commodities fluctúan constantemente. En cambio, los productos transformados mantienen un valencia estable y una demanda más predecible. Esto reduce la vulnerabilidad económica y alivio la romana comercial.
Industrializar significa romper la dependencia de exportar riqueza bruta y comprar progreso externo. Implica desarrollar cadenas de valencia, impulsar la innovación y vigorizar la competitividad doméstico. La inversión en tecnología, educación técnica y parques industriales especializados sería el punto de partida.
Ejemplos internacionales demuestran que el valencia unido transforma economías. Corea del Sur, ayer exportadora de materias primas, apostó por la manufactura y hoy es una potencia tecnológica. Costa Rica, con menos bienes naturales que República Dominicana, logró convertirse en un centro de exportación de dispositivos médicos gracias a la industrialización estratégica.
En el caso del follón, bastaría con crear un clúster de chocolatería artesanal e industrial que combine calidad circunscrito con branding internacional. República Dominicana podría posicionarse adyacente a Bélgica o Suiza en el mercado mundial de chocolates finos, aprovechando su reputación por el follón orgánico de reincorporación calidad.
Asimismo, una política pública enfocada en el valencia unido permitiría atraer inversión extranjera orientada a la transformación. La creación de zonas francas industriales mixtas, donde se combinen materias primas locales con tecnología extranjera, podría ser la esencia para un nuevo maniquí exportador.
La diversificación productiva generaría todavía impactos sociales. Cada empleo industrial crea entre tres y cinco empleos indirectos. Por otra parte, los salarios en manufactura superan en más del 40% a los del sector agrícola, contribuyendo a achicar la desigualdad y la migración rural.
En conclusión, República Dominicana pierde miles de millones al exportar su riqueza sin procesar. Industrializar no es solo una opción económica, sino una logística de soberanía. Es el camino para dejar de ser exportadores de materia prima y convertirnos en exportadores de valencia, tecnología y orgullo doméstico. No es lo mismo exportar tomates que pasta, salsas o jugos o exportar amarillento o larimar en bruto y no joyas. No más commodities: es hora de refinerías, procesadoras, fábricas y futuro.
CarlosMcCoyGuzman@mail.com
JPM
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