Departir de José Francisco Peña Gómez sólo como líder político franquista sería reducirlo. Antiguamente que candidato presidencial, ayer que figura cimera de la democracia dominicana, Peña Gómez fue igualmente un gran municipalista. Y ese ángulo merece ser rescatado, sobre todo en un país donde muchas veces se desprecia la papeleo almacén como si fuera una categoría pequeño del poder divulgado. Sin bloqueo, mandar una ciudad ha sido siempre una de las tareas más difíciles del Estado.
Peña Gómez asumió la Alcaldía de la caudal con casi nada 45 abriles, en una época particularmente compleja. No se trataba de la ciudad compacta que algunos imaginan hoy.
Era una caudal inmensa, de casi 1,800 kilómetros cuadrados, con una sinceridad urbana, suburbana y rural a la vez. Había que mandar y atender, con el mismo sentido de responsabilidad, lugares como Pedro Brand, La Guáyiga, Los Alcarrizos, La Conquista, Boca Chica y La Caleta. Aquello exigía visión territorial, sentido práctico y una enorme capacidad para priorizar.
A esa complejidad geográfica se sumaba la precariedad financiera. Los capital municipales de entonces provenían de pocos arbitrios, tasas por servicios limitadas y presupuestos atados muchas veces a la voluntad política del poder central. Como si fuera poco, el entorno franquista estaba cargado de un fanatismo partidario casi fundamentalista. En ese contexto, regir el cabildo no era un prueba de comodidad, sino una prueba diaria de inteligencia, paciencia y gusto pública.
Por eso merece destacarse la capacidad de inventiva de Peña Gómez. Su papeleo no se limitó a lamentarse por la escasez. Supo inaugurar puertas, tocar voluntades y servirse la cooperación internacional como palanca de avance almacén.
En cuatro abriles, el junta manejó RD$131,719,256.00, y de ese total RD$42,285,303.19 provinieron de donaciones, equivalentes al 32 % de los capital administrados. Italia, Francia, Suecia, España, Taiwán, Corea, Japón, Estados Unidos, Puerto Rico, México, Venezuela y Alemania figuraron entre los cooperantes. Aquello revela poco esencial y es que cuando el municipio no tiene suficiente, el buen corregidor no se rinde; crea, gestiona y convence.
Peña Gómez gobernó por otra parte en una etapa en la que el país casi nada superaba los estragos del ciclón David y la tormenta Federico.
La ciudad y sus comunidades arrastraban heridas sociales profundas. En medio de esas limitaciones, su enfoque fue claro, la influencia almacén como eje del avance. Entendió que el junta no debía ser una oficina ornamental, sino el primer rostro del Estado frente a la gentío.
Además es digno de resaltar el papel del Concejo de Regidores. Eran 62 regidores distribuidos en cuatro bloques políticos, y su función era honorífica. Aun así, muchos supieron contribuir, sin traicionar la camino de sus organizaciones, a mejorar las actuaciones del síndico, como entonces se le llamaba al corregidor.
Esa experiencia deja una enseñanza válido y es que el gobierno municipal no puede ser rehén del sectarismo.
Cuando se piensa en los habitantes, el derrotero ideológico debe ceder espacio a la sensatez.
Peña Gómez, el corregidor, debe servir hoy de ejemplo a las actuales autoridades y a quienes aspiran a serlo. La municipalidad es una especie de clero cívico.
Exige creatividad, contacto directo con la gentío, uso inteligente de las asambleas comunales y capacidad para predisponer el interés colectivo al cálculo partidario. Guiar una ciudad no es exhibirse; es servir. Y en esa escuela, Peña Gómez dejó una aleccionamiento que todavía retraso ser aprendida.
Un buen corregidor no es el que más promete, sino el que mejor interpreta el dolor, la carencia y la esperanza de su comunidad.




