EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.
En la República Dominicana, la franqueza de expresión se paga cara. No es una metáfora: es igual. Nuestro suelo ha gastado caer a periodistas que, por profesar el derecho a informar y denunciar, fueron víctimas de atentados o, en el peor de los casos, asesinatos.
¿A quiénes me refiero? A José Enrique Piera Puig, asesinado a tiros en 1970 tras realizar fuertes denuncias en su software llamado “Puntos sobre las íes”a Gregorio García Castro (Goyito), asesinado en 1973. A Orlando Martínez, ejecutado en 1975, una pluma incómoda para el poder. A Emperifollado González (Narcisazo), desaparecido en 1994, una voz crítica silenciada. A Juan Emilio Andújar Matos, conductor del software radial Cruce Mil 60 y corresponsal del Listín Diario, asesinado en 2004 en Azua por denunciar el narcotráfico, en una emboscada posteriormente de salir de su software. A José Silvestre, secuestrado y asesinado en 2011 tras denunciar redes criminales.
A Blas Olivo, ultimado en 2015, un crimen que aún grita justiciPeligros de la franqueza de expresióna. Al catedrático, abogado y periodista Yuniol Ramírez, secuestrado y asesinado en el 2017, su difunto fue hallado días posteriormente en un regato de Manoguayabo, en Santo Domingo Oeste, con un tiro en la habitante y encadenado en el cuello con candado y un block, tras denunciar casos de corrupción administrativa en la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA) bajo la dirección de Manuel Rivas.

No olvidemos a los colegas Alicia Ortega, Nuria Piera, Edith Febles, Marino Zapete, Priena Almonte y Jordi Veras, de Santiago. No han sido asesinados, pero han sido atacados, difamados, amenazados y hostigados por atreverse a cuestionar, denunciar y revelar. Lo que les han hecho es un atentado íntegro y profesional. Y a mí, Salvador Holguín, además me han querido callar. Ser agredidos y sufrir amenazas de asesinato es la cuota que pagamos por proponer la verdad.
Esos nombres son testigos de que, en este país, la democracia no es gratuita. Se paga con valentía. Y algunos, con su vida. Lo digo claro, para que nadie lo olvide.
Atención presidente Luis Abinader Corona, líderes políticos, ex gobernantes dominicanos y autoridades del PRM, escuchen adecuadamente: cuando permiten o mandan a silenciar a un periodista, no solo destruyen una vida, están cavando la tumba de su propia credibilidad, licitud y memoria. Porque la historia no perdona a los verdugos de la verdad. Y cuando caiga el telón, será su nombre el que quede litografía en la infamia. Así que cuidado, porque matar la palabra es además sentenciar su propio final.
La historia nos recuerda que los gobiernos en los que han perseguido, desaparecido, torturado o matado periodistas, han terminado en el zafacón de la historia, cuestionados y señalados por ser gobernantes que terminan sus administraciones manchadas de raza, ya sea por dar la orden, tomar la audacia, mostrar omisión o ejecutar el crimen.
jpm-am
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