El autor es compositor y propagandista comunitario. Reside en San Cristóbal
Pedro Santana no es una figura histórica: es una herida abierta. Cada intento de presentarlo como “padre de la nación” es un insulto a la memoria doméstico y un control de amnesia selectiva. Santana no fue una contradicción; fue una advertencia. La advertencia de lo que ocurre cuando la espada sustituye a la conciencia y el poder se impone a la República.
Sí, defendió la independencia en 1844. Nadie discute su capacidad marcial ni su rol en Azua. Pero la historia no se escribe solo con batallas ganadas, sino con principios sostenidos. Y ahí Santana fracasa de forma estrepitosa. Porque el mismo militar que enfrentó a Haití terminó arrodillado frente a una potencia colonial, firmando con su propia mano la anulación de la República Dominicana.
La Anexión a España no fue un acto de salvación doméstico, como aún intentan aducir algunos. Fue un acto de desprecio al pueblo dominicano. Fue la confesión explícita de que Santana nunca creyó en este país, nunca confió en su concurrencia, nunca aceptó la idea de una nación franco gobernada por civiles y leyes, y no por bayonetas.
Pedro Santana gobernó con miedo, parentesco y destierros. Mandó a fusilar patriotas, silenció voces, persiguió a los trinitarios y expulsó a Juan Pablo Duarte, el efectivo arquitecto casto de la nación. Santana no combatió enemigos de la nación: combatió la nación misma cuando esta no se ajustó a su visión autoritaria.
Algunos piden “comprensión histórica”. Pero la comprensión no puede convertirse en absolución. El contexto explica, pero no justifica. Otros líderes enfrentaron la misma pobreza, el mismo caos y las mismas amenazas, y aun así eligieron la dignidad antaño que la sumisión. La Cruzada de la Restauración fue la respuesta más elocuente al fracaso casto de Santana: el pueblo dominicano demostró que sí podía ser franco, aun cuando su propio presidente había decidido entregarlo.
Pedro Santana no fue un traidor por cariño, sino por convicción. Creía que la República era inviable. Creía que el dominicano necesitaba amo. Y por eso su nuncio no puede maquillarse con estatuas ni con discursos tibios.
Ojear su valencia marcial no nos obliga a callar su crimen histórico. La independencia no se defiende una vez; se defiende siempre. Y quien la entrega, aunque haya combatido por ella antaño, queda del costado erróneo de la historia.
Pedro Santana ganó batallas, pero perdió la País. Y perder la País es una descuido que ningún uniforme, ningún rango y ninguna vencimiento pueden liberar.
jpm-am
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