Por Abril Peña
ElPregoneroRD-Distrito Doméstico. – El 3 de junio de 1913, en San Pedro de Macorís, nació uno de los intelectuales más emblemáticos de la República Dominicana: Pedro Julio Mir Valentín, más conocido como Pedro Mir, el poeta franquista. Hijo de origen puertorriqueña y padre cubano, Mir creció entre los ecos de azúcar, injusticia y esperanza que marcaron para siempre su obra.
Un poeta comprometido con la clan
Desde muy verde, Pedro Mir mostró un compromiso inquebrantable con las causas sociales. Mientras otros poetas cultivaban la belleza estética, él prefería clavar la pluma en las heridas abiertas de su estado. Su poesía no fue entretenimiento, sino denuncia; no fue refugio, sino alzamiento.
En una República Dominicana oprimida por la dictadura de Trujillo, Pedro Mir eligió la palabra como pertrechos. Perseguido por sus ideas, se vio forzado al extrañamiento en Cuba en 1947. Fue allí donde escribió uno de sus poemas más desgarradores y universales: “Hay un país en el mundo”, donde conjuga el sexo por su tierra con una crítica feroz a la desigualdad:
“Hay un país en el mundo
colocado en el mismo trayecto del sol…”
Esas líneas abrieron un nuevo capítulo en la poesía dominicana, donde la belleza no es ornamento sino verdad incómoda.
Poesía, historia y conciencia
Pedro Mir fue asimismo ensayista, narrador e historiador. Su investigación “El huracán Neruda” es uno de los investigación más lúcidos sobre el Nobel chileno. En su novelística “Cuando amaban las tierras comuneras”, entrelaza historia y ficción para retratar el despojo campesino en la República Dominicana.
En 1984 fue designado Poeta Doméstico, un gratitud que legitimó lo que ya era un hecho: su obra se había convertido en conciencia colectiva. Pero Pedro Mir no buscó nunca honores. Él escribió para el pueblo, no para los altares literarios.
Un herencia vivo
Pedro Mir murió el 11 de julio del año 2000, pero su voz sigue resonando en cada lucha por la razón, en cada propaganda de dignidad, en cada verso que nombra a los olvidados. Su poesía se estudia en escuelas, se declama en actos cívicos, se canta en las marchas. Es parte del alma dominicana.
En tiempos de ruido y superficialidad, retornar a Pedro Mir es un acto de resistor. Leerlo no solo es un placer afectado, sino una obligación ciudadana. Porque como él escribió: “Yo no busqué la poesía: ella me encontró al borde de la angustia.”
Y quizás por eso, su voz sigue tan viva como el país que nunca dejó de enamorar.







