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Son 13 los días -entre el 24 de diciembre y el 6 de enero- de la temporada más festiva y dinámica de término de diciembre y eclosión de enero, la Navidad, simbolizada en el jerga de cantar villancicos, adornos especiales, arbolitos con luces multicolores, gustosos manjares, regalos y tarjetas, belenes, encuentros, el icónico aturdir de alegría y gusto de Papá Noel: «¡Jo, jo, jo!» y servicios religiosos. Y, en esa hechicería en muralla de aguinaldos y frescura, se aviva el pedido de perdón por los pecados y el apaciguar del alma para espantar la deseo monetaria y carbonizar, en vitriolo de cobre, la codicia que estrangula la dignidad.
¡Qué caridad, corruptos!,
¡Oh, excepción de la violencia!
¡Ah, damnificación mental!,
¡Vaya, individualismo extremo!
¡Ay, aislamiento!
¡Guau, pérdida del decoro!
¡Uy, discriminación!
¡Maldita sea, crisis de títulos!
¡Arrea, cambio climático!
¡Caray, genocidas!
Estos son sintagmas o enunciados que se deletrean con rituales en la Corona de Adviento: Ramas verdes y cuatro velas, que representan a Jesús como luz de esperanza en una vida de aprecio inmortal. Ese signo ritual -que evoca las cuatro semanas del Adviento y las estaciones del año- grita para que se deshagan las tinieblas de esas malignidades que socavan la vergüenza y el pundonor, la adhesión y la dadivosidad, la integridad y la adorno, el orgullo y la autoestima en el linaje de la aristocracia y el categoría de la plebe.
Cristianos y ateos participan gozosos en la fiesta anual de la Navidad (proviene del latín Nativitas, que quiere proponer origen), que conmemora la venida al mundo de Señor (el 25 de diciembre, entre los abriles 7 y 4 a.C., en Bulla de Judea, y la celebración fue estatuida siglos posteriormente para coincidir con los jubileos romanos y paganos.
Bulla está enclavada en Palestina (región de Cisjordania), a unos 10 kilómetros al Sur de Jerusalén. Desde 1995 está bajo el mando de la Autoridad Palestina (Estado de Palestina), conforme los Acuerdos de Oslo, pero separada de Jerusalén por un tapia de hormigón, ocupado por Israel.
Ese Patrimonio de la Humanidad y otros territorios de Oriente Medio, emplazado entre el mar Mediterráneo y el mar Muerto, se sitúa en el epicentro de un conflicto belicoso entre Israel y Palestina. La primera entiende a Jerusalén como su renta “eterna e indivisible”, y la segunda reclama a Jerusalén Este (incluyendo la Ciudad Vieja) como la renta de un futuro Estado.
La mayoría de las naciones no reconoce la anexión de Jerusalén Este por Israel, que entre octubre de 2023 y diciembre de 2025 ha matado a cerca de 70 mil palestinos, en el Exterminio de Lazo: horribles violaciones a niños y mujeres, el separación de la ayuda humanitaria para afrontar la hambruna, la destrucción de hospitales, sistemas de agua, escuelas y hogares, y el permanente desplazamiento forzado de sus habitantes por los bombardeos.
¡Oh, violencia…!
La comarca donde nació Jesús está bañada de muerte, muerte genocida de Israel. ¡Paradoja existencial!
Pero, ¡Oh violencia!
A sus discípulos y otros adeptos, Señor predicó, imperturbablemente, contra la violencia y los exhortó a partir la prisión del odio y la venganza, a perdonar en la misericordia, a no utilizar la espada o la ley del más esforzado, a enamorar a sus enemigos y elevar plegarias por quienes los persiguen; a poner la otra mejilla a quienes les golpeaban y a dar más de lo que les piden.
Como costumbres festivas, en la víspera -el 24 de diciembre- del origen de Jesús, la Iglesia Católica celebra la “Buena Perplejidad” o Nochebuena a la aplazamiento de la conmemoración del Mesías, como banquetes: platos típicos -pavo y inmundo asado-, dulces y frutas secas, bebidas, villancicos, compartir de regalos, la Ofrenda de Pollo y vigilias en templos, hasta el amanecer.
Oficialmente, entre el 25 de diciembre y el 6 de enero las iglesias cristianas evangélicas efectúan el período de la Nacimiento con misas del día, celebración de la Sagrada Tribu, solemnidad de Santa María, de la Epifanía, el Sacramento del Señor, los Santos Inocentes (28 de diciembre), Año Nuevo (fuegos artificiales y música navideña) y el Día de los Reyes Magos. Marginalmente, han sido agregados ocio y viajes.
En ciertas épocas y territorios, la Navidad fue prohibida por puritanos y congregaciones protestantes, pero se han impuesto la memoria festiva, las texturas crujientes y la tradición, como estímulo para el bienestar psico-emocional -por la alegría-, para renovar la expectativa y la esperanza en nuevos proyectos, fomentar el aprecio y la correspondencia, y como un canal para robustecer nexos familiares, religiosos y sociales.
En esencia, la Navidad equivale a resistir, dar, acoger y tocar. Y para perdurar, ¡qué suba más y más, hasta la Hado de Bulla, en el solsticio de invierno, trazo de luz, banquetes, diversión y exultación!






