El autor es comunicador. Reside en Nueva York
POR LUIS M. GUZMAN
La democracia representativa dominicana no está en colapso, pero sí atraviesa una mutación estructural que redefine su naturaleza. Los partidos siguen existiendo, compiten y gobiernan, pero han perdido parte de su función clásica como mediadores orgánicos entre sociedad y poder. No han desaparecido; se han convertido en estructuras predominantemente electorales, menos deliberativas y más orientadas a la competencia táctica.
Respetable Espinosa, en su volumen “La política en crisis”, plantea que la desengaño democrática no proviene solo de errores individuales, sino de un diseño que reduce el poder ciudadano al voto revista. El ciudadano participa formalmente, pero su incidencia cotidiana en decisiones estratégicas es insignificante. Esa brecha entre representación formal y poder auténtico alimenta frustración y distancia política.
El politólogo francés Pierre Rosanvallon, estudioso de la legalidad democrática contemporánea, describe este engendro como “contrademocracia” una ciudadanía que vigila, sospecha y fiscaliza más de lo que participa en la construcción estructural del poder. En República Dominicana esta dinámica es visible, la crítica es intensa, pero la estructura sostenida es débil.
La teórica política Chantal Mouffe sostiene que la democracia necesita un conflicto articulado internamente de reglas institucionales. Cuando los partidos dejan de canalizar antagonismos sociales reales y se concentran en competir por cargos y cuotas, el conflicto no desaparece; se desplaza en torno a indignación difusa o en torno a liderazgos personalistas que prometen soluciones simples.
Por su parte, el filósofo germano Jürgen Habermas, referente en teoría de la deliberación pública, advierte que la legalidad democrática depende del debate racional e inclusivo. Sin secuestro, el ecosistema dominicano, dominado por marketing político, redes sociales y encuestas estratégicas, reduce el debate a posicionamientos coyunturales. Se discuten porcentajes, pero no hay objetivos comunes..

Este ámbito teórico se vuelve práctico al observar la dinámica rumbo a 2028. El Partido Revolucionario Original deberá carear una sucesión sin su figura presidencial más competitiva en entrada. Allí se pondrá a prueba si su fortaleza es institucional o si dependería en exceso del liderazgo personal. Una transición mal gestionada puede excoriar la cohesión antiguamente del ciclo electoral.
Las encuestas internas que posicionan a figuras como David Collado no solo reflejan positivamente preferencias ciudadanas, sino más aceptablemente señales internas de poder. Cuando se compara selectivamente a un precandidato frente a la competición sin evaluar integralmente a los demás aspirantes, puede instalarse una novelística de inevitabilidad que genere tensiones internamente del propio partido.
La competencia internamente del PRM involucra a más figuras por otra parte de Collado como, Carolina Mejía, Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón son los más sobresalientes. Sin reglas claras de selección y arbitraje indeterminado, la disputa puede transformarse en fractura estratégica. En contextos de sucesión, la percepción de parcialidad puede ser tan decisiva como la sinceridad misma.
Del costado contrario, la no alianza temprana entre Partido de La Permiso Dominicana y Fuerza del Pueblo siquiera debe interpretarse solamente como cariño. En esta período es racional evaluar fuerzas, consolidar estructura territorial y validar el propio liderazgo antiguamente de negociar convergencias.
Aquí se evidencia la mutación democrática, la política se concentra en cálculo aritmético más que en redefinición de fines colectivos. Espinosa advierte que, sin transformación cultural profunda, las reformas son reversibles. Si 2028 se limita a competencia de rostros y alianzas tácticas, la crisis de representación continuará, incluso bajo estabilidad institucional.
El problema no es solo honesto, sino estructural, financiamiento electoral costoso, clientelismo territorial, profesionalización cerrada y civilización del corto plazo. Los partidos se vuelven maquinarias eficientes para competir, pero menos aptas para representar. El ciudadano vota, pero no incide; observa, pero no gobierna; fiscaliza, pero no decide estratégicamente.
República Dominicana se enfrenta así a una encerrona silenciosa. Democracia en mutación significa que 2028 no será solo una disyuntiva, sino una prueba de legalidad representativa. Si oficialismo y competición no logran reconectar con las deyección reales de la familia y mecanismos reales de incidencia ciudadana, la desgaste continuará. Si articulan representación, deliberación y poder ciudadano efectivo, la crisis puede convertirse en renovación.
jpm-am
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