Por: Oscar Quezada
El enfrentamiento entre Selección de Béisbol de República Dominicana y Selección de Béisbol de Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol despertó una intensa emoción entre fanáticos de entreambos países.
Sin retención, en medio de la pasión por el entretenimiento, las redes sociales se llenaron de memes y comentarios que fueron mucho más allá de la competencia deportiva.
Muchos dominicanos, en tono aparentemente humorístico, comenzaron a burlarse de la situación económica y social de Venezuela. Lo que algunos llaman “cuerdas” o bromas terminó convirtiéndose en un espacio para la descalificación y el menosprecio.
El problema no es la rivalidad deportiva. Esa es parte esencial del espectáculo. El béisbol como cualquier deporte vive de la emoción, la provocación sana entre fanáticos y el orgullo de representar a un país.
Pero cuando la engaño se apoya en tragedias nacionales, crisis económicas o dramas humanos, deja de ser humor y se convierte en una forma de insensibilidad colectiva.
Venezuela atraviesa desde hace primaveras una crisis compleja que ha provocado migración masiva, dificultades económicas y profundas tensiones sociales. Convertir esa efectividad en motivo de engaño para celebrar un partido de béisbol en verdad no tiene falta de chistoso y divertido.
Por el contrario, esas bromas revelan la facilidad con la que la pasión deportiva puede velar el sensatez y deshumanizar al adversario. Más aún cuando dominicanos y venezolanos tienen lazos históricos que vinculan a ambas naciones, y adicionalmente comparten una historia global en el béisbol profesional.
Peloteros de entreambos países han construido conocidos, carreras y glorias compartidas en los mismos equipos.
El deporte debería ser un espacio para el orgullo franquista, sí, pero además para el respeto mutuo.
La vastedad de un fanático se mide no solo por la intensidad con que celebra un triunfo, sino además por la dignidad con que reconoce al rival.
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