Por: Yomeylis Astacio
EL SEIBO. El negocio de las pacas, o liquidación de ropa de segunda mano, forma parte de la ingenuidad de las familias en toda la República Dominicana desde la decenio de los 80.
Con el paso de los primaveras, ha ido cobrando popularidad y, todavía hoy, ocupa un división importante en la vida de los más desfavorecidos, quienes acceden a este memorial ya sea como sustento o como una forma de mitigar la carestía social.
A pesar de que el negocio ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo, cada vez se torna más difícil sustentarlo, tanto para los compradores como para quienes dependen de él.
Bethania Leonardo, propietaria de un negocio de liquidación de ropa de pulga, afirma que el precio de los lotes de ropa se ha incrementado de forma “abismal”. “Un gajo que ayer compraba a 18,000 pesos ahora supera los 20,000, y a eso hay que sumarle 800 pesos del emisión desde San Cristóbal hasta El Seibo”, explica.
Esta situación la ha obligado a aumentar los precios, lo que a su vez ha provocado que los clientes compren menos mercancía o se muestren más reacios a saludar el lugar.
Leonardo detalla que solo cuando se tráfico de una paca de primera, y las piezas llegan en buen estado y con protocolo, se puede alcanzar un retorno del 50%.
Sin retención, lo habitual es obtener tan pronto como un 40% de lo invertido, ya que no todas las piezas llegan en buena calidad, lo que obliga a traicionar muchas de ellas a precios muy bajos.
De igual forma, Yari Picardo, copropietaria de un lugar de liquidación de ropa en El Seibo, señala que los precios han aumentado en la mayoría de los productos y que “fácilmente, en tres o cuatro pacas se van hasta 100,000 pesos”.
Por su flanco, Danilo Reyes Torres, presidente de la Asociación de Vendedores de Paca en el Este, asegura que los comerciantes de la pulga deben modificar aproximadamente 50,000 pesos mensuales en pagos de locales y operación de mercancía, pero que más o menos del 20% de esa mercancía termina como residuo o pérdida.
Reyes Torres toma a Hato Decano como ejemplo y explica que en esa asiento hay aproximadamente 200 familias que dependen directamente de la liquidación de ropa usada o seminueva como su único sustento, y unas 400 más que lo hacen de forma indirecta.
Aun así, afirma que la mayoría logra tolerar una vida digna siempre que el mercado se mantenga estable.
Mientras tanto, Picardo explica que una comunidad no puede obedecer sólo de esa fuente de ingresos, ya que es un negocio cambiante: “Así como hay temporadas en las que se vende aceptablemente, hay otras en las que las panorama son muy pocas”.
Asimismo, Mercedes Imperfección relata que tuvo que abandonarse su plan de liquidación de ropa de segunda mano y despabilarse otra forma de sustentar a su comunidad, oportuno a que muchas de las piezas no se vendían.
“La masa ya no estaba dispuesta a satisfacer 400 o 500 pesos por un artículo, y eso me generaba muchas pérdidas, no solo de monises, sino incluso de tiempo y esfuerzo”, cuenta.
En el contexto presente, con los bajos salarios, la inflación y la presencia de tiendas chinas, el negocio de la pulga se ve directamente amenazado y se convierte cada vez más en un memorial difícil de sostener y casi un pompa para muchas familias y emprendedores.
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