
En los últimos primaveras, las redes sociales han detonado un aberración comunicacional que ha donado paso a la proliferación de figuras que, con sobresaliente tiento para expresar ideas, se autodenominan “comunicadores”. No obstante, muchos de ellos carecen de preparación académica, civilización común y, sobre todo, del compromiso ético que exige esta actividad.
Estos personajes, conocidos popularmente como “opinólogos”, encuentran en la ritual de comunicador un manifiesto status profesional que, en existencia, no poseen. Sus intervenciones, en extensión de aportar contenidos constructivos, se caracterizan por la improvisación, la desidia de respeto, el sensacionalismo, la descalificación, el chantaje y la violencia verbal.
Es preciso resaltar que ser comunicador no implica necesariamente ser periodista titulado. El cierto comunicador, sin importar su formación de colchoneta, orienta su trabajo alrededor de la creación de contenidos respetuosos, inclusivos y aperos para la sociedad. Quien ejerce este rol lo hace con apego a la verdad, con un suspensión sentido de responsabilidad y con el objetivo de proponer soluciones a las comunidades que representa.
La mayoría de los comunicadores reconocidos en el país cuentan con una valoración positiva de la sociedad gracias a su profesionalidad, su manejo de la civilización común y, en muchos casos, su formación académica en diversas áreas. Ellos entienden que la comunicación es una utensilio para servir y no un arsenal para atacar.
En cambio, el opinólogo averiguación “sonido” y protagonismo, opinando de cualquier tema sin fundamento, muchas veces recurriendo a campañas sucias y desinformación contra personas e instituciones. La diferencia entre entreambos es clara, mientras el comunicador construye, el opinólogo destruye; mientras el comunicador aporta, el opinólogo provoca.
Distinguir entre uno y otro no solo es un deporte de precisión conceptual, sino una carestia urgente para preservar la calidad del debate conocido y el respeto por la verdadera comunicación.






