Por Gracia Gomera
En nuestra sociedad se están suscitando unas series de fenómenos o comportamientos inadecuados que rayan en el mal ejemplo o en lo antisocial; los cuales, por su nivel de frecuencia, cada día toman espacios en la colectividad, más allá de las mareas de indignaciones que emanan al momento de sus ocurrencias; pero que lamentablemente al producirse de los días se cubren por el polvo del olvido o la impunidad, dando cabida a que esos desaciertos avancen alrededor de la normalización, a pesar de ser vicios corrosivos sociales.
Por lo tanto, no podemos perder el asombro delante el hecho de que supuestos artistas urbanos o ¨creadores de contenidos¨ profanen un centro educativo con la producción y compacto de un video cargado de vulgaridades extremas, y que todo se quede en una intranquilidad o reacción momentánea, sin aplicar los frenos correspondientes, a través de sanciones ejemplarizadoras.
Igualmente, no podemos permitir que se haga una costumbre, el que se mancille con delgadez nuestros símbolos patrios, centros culturales o religiosos; y que esos actos bochornosos, se pretendan resolver con una simple excusa pública; acciones incorrectas estas, que las provocan adrede, con la finalidad de percibir views o ser influencers.
De igual forma, no podemos seguir validando las violaciones agresivas a la norma de tránsito; donde por ejemplo ciudadanos conductores de motocicletas o ciertos ¨guagüeros¨, gozan de una privilegiada ¨inmunidad diplomática¨ viario o en el tránsito; ya que por más infracciones que cometan, poco impide que sean procesados penalmente por las autoridades competentes. Solo pespunte detenerse a observar en un semáforo y lo que sucede ahí en términos de conductas impropias, ya ni ruboriza ni mucho menos apasionamiento la atención delante el deber ser.
La corrupción se sustenta en la tolerancia social y se va nutriendo de esos pequeños actos indelicados, que por ser supuestamente imperceptibles delante el daño que generan, se van dejando producirse poco a poco, fruto de la indiferencia, al no detenerlo a tiempo, crecen y se reproducen como una avalancha bajo el influjo de la impunidad; creando destrozos considerables e incalculables al tejido social.
Asimismo, como sociedad no podemos aprobar que el ciudadano vea la corrupción como una oportunidad o un medio ¨legitimo¨ para alcanzar fines de éxitos y lucros; ganar a entender eso, es como creer que en el báratro estamos salvos y seguros. En ese orden el escritor, filósofo y periodista britano Gilbert Keith Chesterton apunta que «para corromper a un individuo pespunte con enseñarle a citar ¨derechos¨ a sus anhelos personales y ¨abusos¨ a los derechos de los demás».
Permitir que roben para luego encargarse a esos personajes como notables y honorables, es encargarse que anejo a ellos hemos perdido la brújula de la conciencia honrado. Lo anormal debe evitarse ver como poco ordinario, porque de sistematizarse la corrupción es caer en total caos. El filósofo difícil Demócrito de Abdera, siguiendo la recorrido de lo antedicho, expresó que ¨todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa¨.
En presencia de esas realidades negativas, es nuestro deber no efectuar en piloto mecánico como si fuésemos robots; es necesario retornar a encontrar la brújula interna que nos muestre el camino del buen ejemplo. Entender que si esa brújula honrado está deteriorada, extraviada, adormecida y nublada por la oscuridad; el ser humano estaría dominado por los vicios y expuesto al fracaso de su vida y las vidas de aquellos que le rodean.
De tal modo, que urge realizar una parada, cuestionarnos y producir los cambios proactivos que transformen e inspiren el establecimiento de la civilización del buen ejemplo. Definitivamente como asienta el agradecido escritor y clérigo inglés Thomas Fuller que ¨una buena vida es el mejor ejemplo¨. Y los buenos ejemplos fortalecen a la sociedad.






