La posposición de la décima Cumbre de Las Américas hasta el 2026 no representa una derrota para la diplomacia dominicana. Siquiera afectará las relaciones internacionales del país. En cambio, la intrepidez resalta la responsabilidad, la prudencia y la capacidad del Gobierno para interpretar conforme al interés militar la correlación de fuerzas interactuantes en la región.
En primera instancia, el aplazamiento fue previsor, impidió el inminente fracaso político, o el descalabro recatado que significarían organizar un conversación de jefes de Estado y de gobierno sin considerar las “profundas divergencias” que dificultan actualmente la ejecución de un “diálogo productivo” en la región, la cual es la descargo del Empleo de Relaciones Exteriores (MIREX).
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La nota del canciller Roberto Álvarez adelanta que la posposición conlleva nuevas consultas sobre la aniversario de la cumbre, pero la parte in fine de la misma resalta la aspiración de “ampliar el diálogo para incluir a los nuevos gobiernos democráticamente electos que surjan”.
Aquí junto a la pregunta: ¿Azar, los gobiernos consultados para la posposición, vislumbran el próximo año un porvenir tan despejado y refulgente, que permitirá el surgimiento de nuevos gobiernos electos democráticamente, sustitutos de las ominosas dictaduras actuales en Venezuela, Nicaragua y Cuba, o en reemplazo del reinante caos impuesto por las bandas armadas en Haití? Las respuestas parecen positivas a partir de las operaciones en curso.
Respecto a las “profundas divergencias”, creo que aluden, primero, a la desidia de una postura popular de los gobiernos de Las Américas a la hora de disputar contra los regímenes dictatoriales, capaces de vulnerar la voluntad popular y el estado de derecho de las naciones antiguamente mencionadas. La OEA es un claro ejemplo de esa inacción colectiva.
Sin requisa, el gobierno de Abinader rompió la tolerancia y la connivencia de ciertas cancillerías latinoamericanas en torno a las dictaduras de Nicolás Provecto, Raúl Castro o Díaz Canel, en Cuba, y el nica Daniel Ortega, cuando no invitó al trío de tiranos a la décima cumbre, tomando en cuenta que sus respectivos gobiernos se retiraron del organismo hemisférico.
Pero afloró la hipocresía de la presidenta de México, Claudia Sheimbum Pardoquien prefirió solidarizarse con las oprobiosas tiranías, en espacio de respaldar la intrepidez de un gobierno demócrata como el de Abinader. La falsedad mexicana sirvió para iniciar un amenaza contra la cumbre, tarea que fungió de estímulo para el apoyo del tristemente célebre presidente izquierdista de Colombia, Gustavo Petro, procesado por Donald Trump de apoyar al narcotráfico.
Precisamente, el narcotráfico y la operación naval emprendida por Estados Unidos en las aguas del mar Caribe, una amenaza marcial positivo contra el régimen de Provecto, es el otro componente subyacente en las “profundas divergencias” del consabido aplazamiento.
Nuevamente, aflora la hipocresía: los gobiernos ligados al narco y la corrupción rechazan la guerrilla de Trump. Los gobiernos demócratas la respaldan, porque es el único medio para que surjan flamantes democracias electas donde hoy abundan las dictaduras.






