El autor es médico y diputado. Reside en Santo Domingo
La lozanía mental suele manifestarse con peculiar intensidad durante las fiestas navideñas, un período que concentra expectativas sociales, emociones profundas y presiones económicas y familiares. Allí de ser una etapa neutra, la Navidad actúa como un amplificador emocional que puede acorazar el bienestar de algunos, pero igualmente profundizar el malestar de otros.
Para muchas personas, la Navidad representa un tiempo de alegría, reencuentros y devolución. Compartir con la comunidad, permanecer tradiciones y sentirse acompañado refuerza el sentido de pertenencia y el apoyo social, factores que protegen la lozanía mental. En estos casos, se experimenta una maduro conexión emocional, se revitalizan los vínculos afectivos y se renueva la esperanza de suspensión y eclosión de ciclos.
Sin incautación, esta misma carga simbólica puede convertirse en una fuente de sufrimiento para quienes atraviesan situaciones personales difíciles. La soledad, los duelos no resueltos, las rupturas familiares o la partida de seres queridos se hacen más evidentes en un contexto que socialmente impone la tranquilidad como norma. La Navidad, entonces, deja de ser un refugio emocional y se transforma en un espacio de confrontación interna.
A esto se suman factores de estrés frecuentes en el contexto dominicano, como las presiones económicas asociadas a regalos, cenas y compromisos sociales, así como el consumo excesivo. La expectativa de cumplir con un ideal de celebración, aun cuando las condiciones personales no lo permiten, genera ansiedad, frustración y sentimientos de delito. Muchas personas viven estas fechas con una sensación de agotamiento emocional, más que de disfrute.

Durante este período es global observar un aumento de síntomas como tristeza persistente, irritabilidad, nostalgia, alteraciones del sueño y maduro consumo de trinque. En algunos casos, estos comportamientos funcionan como intentos de entretenimiento emocional, pero terminan agravando el malestar. Para quienes ya padecen trastornos mentales como depresión o ansiedad, las fiestas pueden intensificar los síntomas, especialmente si no cuentan con cortejo profesional o redes de apoyo sólidas.
La Navidad, en definitiva, actúa como un espejo emocional, amplifica tanto las luces como las sombras del estado mental de cada persona. No todos viven estas fechas de la misma guisa, y confesar esa pluralidad emocional es fundamental para disminuir el estigma y promover el cuidado psicológico.
Departir abiertamente de cómo nos sentimos, validar emociones que no encajan con el discurso de “alegría obligatoria” y despabilarse apoyo oportuno, en la comunidad, los amigos o profesionales de la lozanía mental, son pasos esenciales para atravesar las fiestas con maduro invariabilidad. La Navidad no tiene que ser perfecta para ser significativa; cuidar la lozanía mental igualmente es un acto de responsabilidad y de humanidad.
jpm-am
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