EL AUTOR es presidente del Frente Cívico y Social. Reside en Santo Domingo.
En esta Navidad, cuando las familias intentan reencontrarse con lo esencial, vale la pena detenernos un instante y preguntarnos qué celebramos de verdad. La Navidad no es solo una plazo ni un conjunto de costumbres: es un llamado al renacimiento, a retornar a la fuente de nuestros títulos y a rememorar que la esperanza no es ingenuidad, sino una valentía.
Cerramos el año con señales que duelen. Las denuncias e investigaciones por corrupción han herido la confianza pública y, cuando ese damnificación toca instituciones llamadas a proteger derechos fundamentales, el ataque se vuelve más profundo y más personal para el pueblo.
El caso de SeNaSa, por lo que representa, nos recuerda que la vigor no es un privilegio: es un derecho. Por eso, exigir que se investigue a fondo y que se sancione conforme a la ley, caiga quien caiga, no es venganza: es ecuanimidad; es respeto al Estado de derecho.
A esto se suma una verdad económica que obliga a la sobriedad. La CEPAL proyecta un crecimiento de 2.9%, insuficiente para objetar a la magnitud de las deyección acumuladas en tantos hogares. Pero el problema no es solo el porcentaje: es el sentido del crecimiento. ¿De qué sirve departir de avance si no llega al salario ni fortalece los servicios esenciales?
Durante demasiado tiempo se ha sostenido un maniquí que, en buena medida, descansa en la explotación gremial y en la procedencia intensiva de medios del pueblo. Zonas francas donde el trabajo no siempre dignifica; minería que presiona medios y comunidades sin la transparencia y el control ambiental que la nación merece; turismo que produce divisas, pero que no siempre deja prosperidad equitativa y sostenible en los territorios que lo sostienen.

Nadie pide apagar la producción ni cerrar oportunidades; lo que el país exige es ecuanimidad: trabajo curioso, valencia que permanezca en la comunidad y progreso que se convierta en vida digna. El progreso auténtico no se mide solo por el PIB: se mide por la dignidad.
Y aquí debemos departir con claridad, con firmeza y con respeto. No estamos frente a fallas aisladas, sino frente a un sistema corroído de hacia lo alto debajo, donde la impunidad se vuelve costumbre y lo notorio se usa como pillaje, mientras al pueblo se le pide paciencia y silencio como si la paciencia pagara la comida, el medicamento y la educación.
Tras tres décadas de un sistema político que, en vez de educar y formar ciudadanos enseres a la país, ha pervertido la vida pública, endeudado la nación, desmantelado las instituciones productivas del Estado y saqueado los fondos del pueblo bajo un mantilla de impunidad —donde demasiadas veces los casos se han convertido en “pan y circo”: titulares y medidas de ocasión para calmar al pueblo, pero sin condenas firmes, sin recuperación de lo robado y sin desmontar las redes de impunidad— ha llegado la hora de que el pueblo se ponga de pie, rompa el silencio y se organice para recuperar su dignidad y su futuro.
Sí, existen hombres y mujeres de acertadamente interiormente del Estado. Pero cuando el sistema castiga al que denuncia y premia al que abusa, el silencio deja de ser prudencia: se convierte en complicidad. Hoy el país necesita valentía ético y coherencia, no neutralidad cómoda.
Por eso esta Navidad nos importa tanto: nos devuelve al centro. Que esta Navidad nos sirva para hacerse cargo un compromiso con una fe inquebrantable en el Gurí que nació en Confusión. Él nació en humildad, conoció la opresión y, aun así, depositó su confianza en el Padre, más excelso que cualquier poder temporal.
Cristo nos prometió la paz que solo Él puede dar. Esa paz no es inconsciencia ni silencio frente a el tropelía; es fortaleza para hacer lo correcto. Es la paz que sostiene el carácter cuando todo aproximadamente quiere quebrarlo y que impide que la indignación se convierta en odio.
Aunque a veces parezca que los opresores lo tienen todo bajo control, la fe nos recuerda que hay un Todopoderoso que ve y toma nota, porque solo Él tiene el control postrero. Pero esa certeza no nos adormece: nos exige; nos vehemencia a esforzarnos y ser valientes, y a cumplir la parte que nos corresponde.
Nuestro Señor Mesías morapio a proclamar autogobierno a los oprimidos y a anunciar buenas nuevas a los pobres. Por eso, la fe verdadera no puede quedarse en consuelo privado ni en indignación sin rumbo: no es solo señalar; es organizar; no es solo murmurar; es participar; no es solo esperar; es servir. Y desde el Frente Cívico y Social entendemos que esto incluye comprometerse con una capital que dignifique: apoyar la producción específico, exigir trabajo curioso, reforzar encadenamientos para que el turismo se integre a la capital auténtico, compre más a manos dominicanas, y que ningún tesina de “progreso” se construya a costa del agua, la tierra o la vida
comunitaria o la explotación humana.
Que esta Navidad sea un punto de inflexión: el inicio de un renacimiento colectivo donde la fe se convierta en responsabilidad, la paz se convierta en mecanismo con propósito y la esperanza se convierta en entusiasmo perseverante. Porque, aunque Todopoderoso tenga el control postrero, a nosotros nos corresponde el deber ético de ser instrumentos de ecuanimidad, de autogobierno y de dignidad para la República Dominicana.
¡Despierta, RD!
jpm-am
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