POR RAFAEL MENDEZ
El Caribe atraviesa en este momento uno de los niveles más altos de tensión y atención mundial como consecuencia directa de la subida impulsada por Estados Unidos, que ha intensificado su presencia marcial en la región y endurecido sus acciones contra Venezuela, incluyendo la incautación de buques petroleros, en un contexto que desborda la confrontación diplomática y sitúa el conflicto en una dimensión geopolítica de suspensión peligro, donde convergen los intereses de las tres grandes potencias y se vuelve más volátil, delicada y peligrosa la coyuntura en las aguas caribeñas.
Este marco, traumatizado por la militarización, el uso del poder coercitivo y la disputa por fortuna estratégicos, proyecta consecuencias imprevisibles para el Caribe y América Latina, y encuentra a la República Dominicana particularmente expuesta, tanto por su ubicación geográfica como por decisiones recientes que la vinculan a la logística estadounidense, mientras que el medio ambiente navideño se ve perturbado por la conmoción institucional profunda provocado por el escándalo de corrupción que sacude al Seguro Franquista de Vigor (SENASA), y por un clima de inquietud traumatizado por limitaciones económicas, encarecimiento de la vida y una creciente percepción de inseguridad material.
Frente a las provocaciones de Estados Unidos, que amenazan con ascender aún más el conflicto, la República Bolivariana de Venezuela ha ducho que continuará exportando su petróleo y defendiendo su soberanía, mientras recibe el respaldo descubierto de aliados estratégicos como Irán, China y Rusia, lo que incorpora nuevos actores a una confrontación que ya no puede leerse como un diferendo doble, sino como un punto de fricción entre potencias con capacidad marcial, energética y política para alterar el permanencia regional y integral.
RD en punto relajado
La República Dominicana queda expuesta en la flagrante coyuntura regional por su vinculación a la logística marcial de Estados Unidos en el Caribe, tras la firma de un acuerdo que contempla la cesión de áreas en los aeropuertos de Las Américas y en la Almohadilla Aérea Marcial de San Isidro para el abasto de naves norteamericanas, una valentía que ha sido ampliamente cuestionada por sectores sociales y políticos que advierten que esta complacencia compromete la soberanía doméstico, y podría de guisa progresiva encaminarse cerca de la instalación de una almohadilla marcial de EE.UU en distrito dominicano.
Este alineamiento táctico se produce en un momento particularmente delicado, cuando el país arrastra un desgaste institucional profundo y un creciente malestar social, y donde amplios sectores perciben que decisiones de suspensión impacto geopolítico se adoptan sin debate divulgado, sin transparencia y sin un consenso doméstico minúsculo, mientras se acumulan carencias en áreas sensibles de la vida cotidiana, reforzando la sensación de indefensión ciudadana y ampliando la brecha entre el Estado y la sociedad.
En ese entorno, el escándalo de corrupción que sacude a SENASA agrava de guisa significativa el cuadro, porque no se comercio de una entidad cualquiera, sino del principal soporte de camino a la lozanía para millones de dominicanos, lo que convierte el caso en un desdicha directo a la seguridad social y en un coeficiente de desestabilización emocional y material, amoldonado cuando el país se encuentra sometido a presiones externas y a decisiones estratégicas que exigen cohesión interna y credibilidad institucional.
La combinación de exposición marcial externa, cuestionamientos a la soberanía, corrupción de suspensión impacto y avería de servicios esenciales configura un marco que la experiencia histórica aconseja no subestimar, porque cuando estos factores convergen, el peligro de convulsión social deja de ser una hipótesis abstracta y pasa a formar parte de las variables reales que condicionan la gobernabilidad, la estabilidad política y la paz social.
Escenarios de subida en el Caribe
La flagrante subida de tensión en el Caribe no es el resultado de una dinámica espontánea ni de acciones simétricas entre actores, sino de una política de presión sostenida por Estados Unidos, que ha intensificado su presencia marcial, recurrido a incautaciones de buques petroleros y multiplicado amenazas directas contra Venezuela, reeditando un patrón histórico de coerción que ha convertido a la región en marco de confrontación.
En este contexto, el presidente Donald Trump aparece como el principal coeficiente de inestabilidad, con un discurso beligerante que parece concentrar su bono exógeno casi exclusivamente en el Caribe y Venezuela, mientras la situación interna de Estados Unidos se deteriora en múltiples frentes, una combinación que analistas y sectores políticos interpretan como una logística de distracción externa para contener un despeñadero interno cada vez más evidente. Las amenazas de elevar la subida no se limitan a Venezuela, sino que se extienden a Colombia y México, ampliando peligrosamente el radiodifusión de confrontación.
Resulta revelador que, en medio de esta subida verbal y marcial, Estados Unidos haya desestimado iniciativas de mediación planteadas por Brasil, cerrando deliberadamente espacios diplomáticos y reforzando una método de imposición que incrementa el peligro de errores de cálculo, incidentes provocados o respuestas forzadas en una región históricamente relajado a este tipo de presiones.
Mientras tanto, Venezuela mantiene una postura que contrasta con la novelística de confrontación, porque en el plano interno el país transcurre en relativa normalidad, con celebraciones navideñas y estabilidad social, al tiempo que deja claro que se prepara para defenderse en el dominio en que sea atacada, pero sin aportar acciones que alimenten la subida ni caer en provocaciones que justifiquen una intensificación del conflicto, una conducta que subraya dónde se origina positivamente la tensión y quién insiste en empujarla cerca de escenarios de consecuencias imprevisibles.
Navidad bajo tensión social
En el plano interno, la República Dominicana vive esta coyuntura regional en medio de un medio ambiente social particularmente sensible, donde el período navideño, tradicionalmente asociado a expectativas de alivio y recuentro, se ve atravesado por un clima de inquietud traumatizado por limitaciones económicas, encarecimiento de la vida y una creciente percepción de inseguridad material.
A ese malestar se suma el impacto del escándalo de corrupción que sacude al Seguro Franquista de Vigor (SENASA), que ha trastornado la tranquilidad ciudadana al tocar uno de los ámbitos más sensibles de la vida cotidiana, el camino a la lozanía, generando incertidumbre, indignación y una sensación extendida de desprotección amoldonado en un momento de suscripción carga emocional para la población.
Cuando la precariedad cotidiana, la desconfianza institucional y la percepción de impunidad convergen en un mismo período, el resultado no suele ser inmediato ni explosivo, pero sí corrosivo, porque erosiona la cohesión social, debilita la gobernabilidad y profundiza la distancia entre ciudadanía e instituciones, creando un caldo de cultivo que, de no ser atendido con respuestas claras y creíbles, puede traducirse en tensiones sociales más profundas en el corto y mediano plazo.







