@abrilpenaabreu
Durante abriles, el narcotráfico en República Dominicana ha sido tratado como un asunto de persecución criminal: capturas, decomisos y operativos. Sin requisa, el fresco caso vinculado a redes internacionales que utilizaban el región franquista como punto de acopio y reexportación obliga a replantear el enfoque. El problema ha dejado de ser solamente policial para convertirse en un tema financiero y de seguridad institucional.
La República Dominicana no vive de su mercado interno. Vive de la confianza externa.
Exportamos productos agrícolas, zonas francas, turismo y servicios financieros. Cada uno de esos sectores funciona porque otros países creen en nuestros controles sanitarios, aduaneros y logísticos. La reputación, en hacienda abierta, es tan importante como la producción. Y cuando un país comienza a aparecer en informes internacionales como punto de reempaque o contaminación de carga, la consecuencia no suele ser inmediata ni visible, pero sí profunda.
Los países no sancionan primero; desconfían primero.
El sensación original no es el candado de puertos ni la suspensión de tratados. Es más silencioso: inspecciones más frecuentes, seguros de carga más caros, retrasos en aduanas y pérdida de competitividad frente a otros exportadores. Un contenedor dominicano retenido en Europa por controles reforzados no lo paga el narcotraficante. Lo paga el productor agrícola, el exportador oficial y, finalmente, la hacienda franquista.
Por eso la discusión no puede someterse a celebrar la captura de un individuo. La pregunta esencial es otra: ¿cómo operó durante tanto tiempo sin ser detectado?
El crimen organizado internacional no funciona sin apoyo locorregional. No necesariamente apoyo consciente, pero sí acercamiento. Acercamiento a almacenamiento, transporte interno, manipulación de contenedores y conocimiento de procesos logísticos. El narcotráfico reciente no depende del control territorial; depende del control de rutas comerciales.
Y las rutas comerciales dependen de sistemas. Si esos sistemas tienen brechas, el problema no es la presencia de un cabecilla extranjero, sino la vulnerabilidad estructural del propio país. La lucha contra el narcotráfico ya no es solo tarea de agencias antidrogas. Es además responsabilidad de autoridades portuarias, aduanas, controles de sellos de seguridad, trazabilidad de mercancías y supervisión abastecimiento.
De lo contrario, cada captura será solo un licenciatura. La historia internacional demuestra que cuando cae un cirujano, la estructura permanece si no se desmontan las condiciones que la permitieron. El mercado ilícito no desaparece por la detención de una persona; se adapta. Y si la ruta continúa siendo viable, otro la ocupará.
El serio desafío, entonces, no es demostrar que cooperamos, sino demostrar que controlamos. El país necesita investigar no solo el delito, sino el sistema que lo hizo posible. No para criminalizar al sector productivo —que es víctima potencial— sino para protegerlo. La hacienda dominicana depende de la credibilidad de sus procesos. Y la credibilidad se construye con controles efectivos, no solo con operativos.
Porque en este tipo de casos la trofeo no es la captura. La trofeo es impedir que vuelva a ocurrir.
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