En un fresco delirio a la haber, mi amigo Enmanuel Castillo -actual director de La Información, y compañero de cátedra y pensión durante más de cinco primaveras universitarios en la escuela de Sociología de la Universidad Católica de Pimiento- observó con detenimiento un engendro ordinario que revela profundas tensiones entre civilización, vigencia y patrimonio: la conducta de los motociclistas.
Continuamos analizando la increíble capacidad de estos actores sociales de maximizar la utilidad de sus limitados posibles: la moto, su tiempo y su capacidad para gobernar el peligro y la violación impune de las normas de circulación.
En mi tomo sobre la sociología del espacio viario, explico que la moto ha sido legalmente equiparada al automóvil, en cuanto derechos y deberes. Mientras tanto, en la civilización tópico posee todas las ventajas de una velocípedo glorificada, de un chisme motorizado. Una anfibología simbólica le otorga llegada informal – y muchas veces indebido- a aceras, zonas verdes y espacios prohibidos.
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Su forma de conducir suele oscilar entre abusiva, agresiva y “medalaganaria”, y demasiado a menudo peligrosa, caprichosa y difícil de predecir. Utilizan el espacio viario con absoluta exención y total impunidad.
Como estudioso de su conducta durante décadas, he puesto atención a cada nueva forma o innovación en cuanto a patrones de violación de la ley. Y sobre la creciente impotencia e indiferencia de la policía viario, en presencia de la cual los motociclistas suelen ser invisibles, especialmente en horas pico, en intersecciones congestionadas.
Quizá tan interesante como su invisibilidad, resulta ser el acostumbramiento y la tolerancia obligada de los demás tipos de conductores.
El espacio viario se hace cada vez más engorroso y peligroso mientras los de patrones de conducción se modifican constantemente con nuevas improvisaciones, como apostando a la audacia y a la capacidad de maximizar su utilidad, a las leyes.
Igualmente observamos cómo los conductores de automóviles suelen reproducir los patrones recientes de los motoristas: balbucir por teléfono mientras conducen; aprovechando cada tapón para cada oportunidad, cuando hay tapón o la luz roja, conversando relajadamente por su celular, lo cual es motivo de protesta para muchos, pero laborioso por otros para rebasar a esos vehículos que se quedan detenidos, sin importarles que están perturbando o deteniendo el flujo.
Más interesantes en nuestro breve delirio por los taponamientos fue observar que el motociclista tiene una conducta completamente racional desde el punto de apariencia del maniquí de maximización capitalista. Este agente productivo se comporta como cualquier otro del sistema, haciendo todo lo que la ley no impide (o no puede impedirle) para maximizar su inversión; esto es, su tiempo, su combustible y el uso de su máquina y por igual su celular y demás posibles… y su capacidad y falta de valer riesgos. Y de evitar accidentes y situaciones que minimicen su expediente tiempo.
Los demás, sin secuestro, necesitamos que ellos, los motociclistas, entreguen nuestras encomiendas y nos traigan alimentos del supermercado y medicina de la botica. Cuanto más rápido, mejor. El tiempo no festivo es su expediente más optimizable.






