@Abrilpenaabreu
Lo ocurrido a la tierno de Villa González es un horror que exhibe lo peor de la sociedad dominicana. Más allá de los abusadores, lo que resulta inquietante es la guisa en que el video de su tragedia se ha propagado como pólvora, avivado por la curiosidad morbosa de miles. Esa sed insaciable de imágenes atroces dice más de nuestra enfermedad colectiva que del crimen mismo.
¿Fortuna hemos olvidado que tenemos madres, hermanas o hijas? En ingenuidad, no es nuevo. Lo vimos en los cuerpos destrozados que circulan tras cada contratiempo, en el torso expuesto del tierno muerto en los Cacicazgos, en el despojos torturado del “chaval aparecido” de Higüey, o en los desgarradores gritos captados en Jet Set. Desde la vieja “Revista Sucesos” hasta hoy, el derecho al honor y a la intimidad se han vuelto un eufemismo.
La víctima de hoy no solo enfrentará un proceso legislativo, sino asimismo un paredón manifiesto de juicios morales que revivirán una y otra vez su horror. Una incendio simbólica donde la honradez se confunde con el espectáculo.
La diferencia con países como Francia, donde la ley prohíbe tajantemente difundir imágenes de este tipo, es abismal. Aquí, incluso desde la propia fiscalía se filtran interrogatorios de menores y videos de víctimas, alimentando a una sociedad cada vez más adicta a la linaje.
A decano exposición, último humanidad. No nos engañemos: estamos entrenando a la sociedad a arreglar la crueldad, acercándonos peligrosamente a esa imagen del vecino que juega fútbol con cabezas humanas. Si parece exagerado, pespunte con contar cuántos editoriales hemos tenido que escribir este mismo año sobre atrocidades similares.
La pregunta, entonces, no es qué tan enfermos estamos, sino hasta dónde dejaremos que llegue la deshumanización ayer de reaccionar.







