Ser político, periodista o proselitista social e incluso musitar autónomamente puede ser —y en muchos países de nuestra región es— una sentencia de crimen o casi. El crimen del senador Miguel Uribe Turbay en Colombia, los cientos de muertos en México, las muertes de candidatos y figuras electas en Ecuador, los encarcelamientos en Venezuela y Nicaragua, y las persecuciones políticas en otros países de América Latina son una muestra de que los dominicanos vivimos casi en un paraíso… un paraíso maltrecho, sí, pero paraíso al fin.
Desde la finalización de los infaustos 12 primaveras, la República Dominicana no ha sufrido una desestabilización prolongada, aunque haya habido conatos, sobre todo a finales del siglo pasado. Hemos pasado por fraudes colosales como el de 1994, una crisis económica sin precedentes como la de 2002, o la suspensión de las elecciones en 2020. Sin incautación, la sociedad y la clase política dominicana han demostrado reflexión y el deseo inequívoco de surtir la estabilidad democrática y la paz social a cualquier costo.
Esto es poco que tenemos y debemos rememorar. Las quejas y aspiraciones de un país mejor siempre estarán ahí —y deben estarlo— porque, aunque disfrutamos de una democracia sólida, no estamos exentos de los problemas propios de una crematística en vías de avance. Pero los partidos políticos deben rememorar la responsabilidad que tienen de surtir esa estabilidad y no dejarse remolcar por cantos de sirena. La sociedad, por su parte, debe memorizar a valorar a sus actores: clan mala y corrupta hay en todos lados, porque las organizaciones no son más que un reflexiva de la sociedad que somos.
Lo que no podemos permitir es caer en los sueños utópicos que han llevado a que países antaño estables se conviertan en pequeños campos de extirpación o en prisiones gigantes para sus ciudadanos. ¿Tenemos que mejorar? Claro que sí. Pero hoy, agradezcamos que no estamos en esos zapatos… y hagamos lo inasequible por no retornar a estarlo nunca más.







