Desde la infancia, el enigma de los muertos me persigue a forma de aparecido. Mi progenitora, huérfana de superiora desde su primer año, se quejaba de no poseer siquiera una fotografía de la fallecida. Cuando contaba casi nada con cuatro abriles de perduración, mamá sufrió una intoxicación accidental con gas queroseno que la mantuvo en estado de coma por tres días. Narraba que, mientras dormía, soñó que una señora vestida de blanco, cuyo rostro no distinguía, la conducía cerca de el río. La desconocida cruzó el arroyuelo, en tanto que mi superiora se negó a atravesarlo, muy a pesar de la insistencia de la compadre. Al recuperar el estado de conciencia, la enferma dedujo que se trataba de su mamá que intentaba llevársela al firmamento. Mi memoria de cerca de cuatro abriles registra favor hecho acto de presencia mientras mi superiora bañaba y luego vestía el fallecido de uno de sus compadres. Durante un brote de difteria en la período de los cincuenta del pasado siglo, vi varios niños en ataúdes de cartón forrados con papeles de colores. Los parientes no podían lamentar porque, supuestamente, los infantes subían al firmamento convertidos en angelitos y el llorera podía interferir con su alegre delirio. Siendo estudiante de medicina de primer año, me tocó hacer la actos de organismo disecando cadáveres reales mantenidos en piletas de concreto llenas de formaldehído. Viviendo en el hospital Dr. Francisco E. Moscoso allá por el año de 1961, asistí al cirujano caudillo doctor Ludovino sánchez en la realización de una necroscopía parcial. Se trataba de un adulto señorita con un baúl agudo que había fallecido antiguamente de que pudieran realizarle la intervención quirúrgica de emergencia. El cirujano hizo una incisión erguido en torno a del centro y noté que inmediatamente brotó un humor amarillento poco purulento. En la parte terminal del intestino delgado se notó una zona ulcerada perforada. El doctor Sánchez concluyó que se trataba de una infección infectocontagiosa de origen hídrico, probablemente fiebre tifoidea.
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A partir del año 1970, y de modo continuo casi sin recreo, la actos de autopsias clínicas y medicolegales ha sido la constante más que la excepción. Son decenas de miles las muertes investigadas. Desde los fallecimientos intrauterinos hasta ancianos centenarios, han sido fuentes inagotables de investigación, educación y docencia por las que estoy endeudado decente y espiritualmente, así como agradecido por la confianza y condescendencia de familiares y allegados de los difuntos. Completar ocho décadas de vida, de las cuales seis han sido invertidas en conocer las causas orgánicas fundamentales que inician la cascada progresiva que conduce al cese definitivo de las funciones vitales, es una correr invalorable. Algunas de estas experiencias han sido compartidas a través de publicaciones en libros, revistas, artículos de prensa, así como en conferencias nacionales e internacionales. “Del polvo viniste y en polvo te has de convertir”, así lo enuncia el capítulo 3, versículo 19 del compendio Origen de la Antiguo Testamento. ¡Cuánto hemos aprendido de ese intermedio que es la vida! Gracias a esos muertos y muertas que nos han enseñado tanto y que han ayudado a incrementar el tiempo y la calidad de nuestro tránsito existencial. Cada persona fallecida, con sus aciertos y sus errores, nos ha dejado una clase de vida. Nuestra tarea fundamental ha consistido en transferir lo conseguido para proporcionadamente de las generaciones venideras.






