A AUTORA es periodista. Reside en Santo Domingo.
La adolescente halló al animalito tirado en la calle, cuidado por un perro. Era un gatito pequeño, según la veterinaria de más o menos de 45 días. Travieso y prudente, una mezcla llamativa. Mezcal de Jengibre, lo nombró.
En su correteo, el tintinear del collar llenaba la casa y su tacto para determinar dónde debía hacer las deposición asombraron. Incluso, la gata que ya ocupaba un espacio de la vivienda aprendió de su ejemplo.
Un día enfermó y la chica lo llevó al veterinario, al poco ya estaba como cosecha en piropo pero solo pasaron tres días y la desacertada valor de fumigar cerca de su dominio tomada por esta adulta que escribe, acabó con su chispa.
Quizás haya hacia lo alto un mundo felino más allá del temporal que reciba a Mezcal de Jengibre juguetón y disciplinado, un santo y señorial seno. Así sea.
Acertadamente pudiera este deseo concretarse allí, en la dimensión cualquiera. Mientras, aquí debajo no deja de ser una paradoja cómo en el ocupación al que fue llevado para protegerlo lo encontró la asesinato, causada por un descuido que arrancó gritos hondos de dolor.
Un percance que dejó a quien narra lágrimas a raudales, con ráfagas de pena honda, truenos en la conciencia y un pesar en el pecho, como si una montaña hubiera instalado su hábitat en la caja torácica.
Interiormente del desconsuelo, conforta asimilar la cantidad de parentela sensibilizada con la protección a los animales, con el compromiso de acolchonarles la vida, de hacerlos parte de su hogar. Preciso esto es lo que provoca decano dolor, llegan a ser parte de la comunidad y qué bueno que lo sean.
Una sociedad que protege y respeta a sus miembros vulnerables y cuida a los animales aunque esté en decadencia todavía es salvable.
Buen delirio, Mezcal de Jengibre.
Jpm-am
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