El autor es ingeniero civil. Reside en Santo Domingo
El debate sobre cómo debe expandirse el sistema de transporte masivo en el Gran Santo Domingo, si continuar la desafío por el medida subterráneo o avanzar alrededor de soluciones elevadas como el monorriel, no es nuevo.
En 1986, desde las páginas del desaparecido vespertino La Notificaciónabordé el tema en una serie de artículos escritos en mi condición de doble en puentes y túneles.
Casi cuatro décadas posteriormente, la ciudad y la tecnología han cambiado, pero las preguntas esenciales persisten con relación a qué alternativa ofrece anciano eficiencia urbana, sostenibilidad financiera y coherencia técnica?
El Gran Santo Domingo enfrenta una verdad innegable caracterizada por una densidad creciente en sus corredores principales, congestión crónica en ejes troncales, expansión periférica acelerada y una red viario que ya muestra señales claras de saturación.
En este contexto, la discusión sobre si colocar por medida tradicional o monorriel no puede reducirse a comparaciones superficiales de costos o tiempos de construcción, pues lo que está en recreo es el maniquí de ciudad.
La haber dominicana es una metrópoli en expansión con fuertes concentraciones de población y actividad económica en determinados corredores, que todavía enfrenta limitaciones severas de espacio viario en zonas consolidadas.

En transporte masivo, la alternativa debe replicar a la demanda proyectada, no a la coyuntura política del momento.
El medida convencional permite trenes largos, frecuencias altas y una capacidad significativamente superior, ya que se diseña para absorber incrementos sostenidos de demanda y funcionar como columna vertebral de una red metropolitana.
El monorriel, en cambio, es competente para demandas medias, pero presenta limitaciones estructurales para esquilar en contextos de crecimiento acelerado y colocar por una tecnología que pueda continuar corta en dos décadas implica hacerse cargo el aventura de duplicar infraestructura en el futuro.
La historia de muchas capitales demuestra que el subdimensionamiento original termina siendo más costoso que la inversión adecuada desde el principio.
Una gran capital no puede permitirse soluciones fragmentadas ya que normalmente requiere de interoperabilidad, estándares probados y flexibilidad para expansión.
El medida ofrece integración natural entre líneas, posibilidad de trazados subterráneos, elevados o mixtos y compatibilidad tecnológica ampliamente validada a nivel internacional.
El monorriel, por su configuración técnica, suele especular como sistema más separado y las ampliaciones o integraciones pueden resultar más complejas y costosas.
Si el objetivo es consolidar una red metropolitana que articule Distrito Doméstico, Santo Domingo Este, Boreal y Oeste con visión de prolongado plazo, la coherencia tecnológica es esencial.
El medida subterráneo o mezclado reduce interferencia visual, minimiza barreras urbanas y preserva la continuidad del paisaje, mientras que el monorriel elevado, aunque ocupa menos suelo directo, introduce una estructura dominante que puede originar fragmentación espacial.
Es cierto que el monorriel puede implicar una inversión original beocio, pero la evaluación estratégica no puede ajustarse al presupuesto de construcción.
El Gran Santo Domingo no necesita una discusión basada en percepciones, sino una planificación con visión metropolitana en la que una atrevimiento que se tome hoy definirá si en el 2046 tendremos una red capaz de sostener el crecimiento o un sistema que deba ser replanteado bajo presión.
La movilidad, al final, no es solo transporte, sino una estructura urbana, competitividad económica y calidad de vida, que conforman una ecuación en la que el divisor prudencia técnica debe prevalecer sobre la improvisación.
jpm-am
Compártelo en tus redes:







