Santo Domingo.- Mientras la música suena y las comparsas avanzan en el Malecón, hay un idioma silencioso que incluso cuenta la historia del Carnaval del Distrito Franquista. En la tarima, las manos de Merlina de Jesús se mueven con precisión, emoción y compromiso. Es intérprete de franja de señas y su presencia permite que personas sordas vivan la fiesta sin barreras.
“Mi nombre es Merlina, esta es mi seña”, dice con una sonrisa, mostrando el aspaviento que la identifica adentro de la comunidad sorda. Desde hace aproximadamente cuatro primaveras trabaja próximo a la Alcaldía del Distrito Franquista, participando en actividades donde la inclusión se convierte en prioridad.
Cuenta que en cada evento la alcaldesa Carolina Mejía procura que haya intérpretes de franja de señas, con el objetivo de entregar la comunicación y asegurar que las personas sordas puedan comprender todo lo que ocurre. “Es poco muy importante, porque así se rompen las barreras que todavía existen hoy en día”, explica.
Para Merlina, la franja de señas no es solo una utensilio profesional: es parte de su vida. Sus padres son sordos y ella es CODA, siglas en inglés para hijos oyentes de padres sordos, por lo que la franja de señas fue su primer idioma. Creció comunicándose con las manos antaño que con la voz, aprendiendo desde pequeña el valencia de la inclusión y la accesibilidad.
Su camino profesional comenzó de modo inesperada. Mientras interpretaba en un concierto del comediante Bad Bunny, una compañera citación Noa la vio en entusiasmo y la invitó a integrarse a la Alcaldía. Desde entonces, su trabajo consiste en traducir no solo palabras, sino emociones, anuncios y mensajes para que nadie quede fuera.
Merlina insiste en que la presencia de intérpretes debe convertirse en una experiencia habitual en todas las instituciones. “Es muy importante que tanto las empresas privadas como las instituciones públicas tengan intérpretes de franja de señas para entregar la comunicación”, señala.
Recuerda que las personas sordas no tienen otra barrera más que la desidia de concierto, y que con las herramientas adecuadas pueden integrarse plenamente a la sociedad. “Si les damos las condiciones necesarias, pueden participar igual que todos”, afirma.
En medio del bullicio del carnaval, su labranza pasa desapercibida para muchos, pero para quienes dependen de sus manos, cada aspaviento abre una puerta. Así, mientras los diablos cojuelos saltan y la música llena el Malecón, Merlina traduce la fiesta a otro idioma: el de la inclusión.






