Por la Lic. Luis Ma. Ruiz Pou
En el corazón de toda democracia late una promesa: que la dignidad no será privilegio, sino derecho. En Estados Unidos, esa promesa se pasión Medicare; en República Dominicana, SENASA. Los dos sistemas nacen del mismo impulso ético: proteger a quienes, por permanencia, pobreza o pega, quedarían fuera del mercado de la lozanía. Pero ¿qué ocurre cuando esa promesa se convierte en trámite, cuando el derecho se administra como auxilio?
Dos modelos, una misma tensión
Medicare, creado en 1965 como parte del impulso reformista del New Deal ampliado, fue una respuesta al desamparo médico de los ancianos. SENASA, por su parte, surge en 2002 como miembro estatal interiormente de un sistema de seguridad social fragmentado, buscando incluir a los trabajadores informales y a los más pobres. Los dos operan como intermediarios entre el Estado y los prestadores privados, y uno y otro enfrentan el dilema de la eficiencia frente a la equidad.
Pero mientras Medicare se ha convertido en un sistema robusto, aunque acosado por el fraude y la sobrefacturación, SENASA aún lucha por consolidar su cobertura, especialmente en zonas rurales y entre poblaciones invisibilizadas. En uno y otro casos, el aventura es el mismo: que la razonamiento contable desplace la razonamiento ética.
¿Diligenciar la atención?
La diferencia entre llevar la batuta lozanía y cuidar vidas no es semántica, sino política. Cuando el llegada se mide en formularios y no en alivio, cuando el paciente se convierte en expediente, el sistema deja de ser fiador y se vuelve obstáculo. Tanto en Medicare como en SENASA, hay denuncias de demoras, negligencias, y una creciente burocratización que convierte el derecho en demora. ¿Quién vigila al vigilante? ¿Quién garantiza que el sistema no se convierta en máquina de pega bajo el disfraz de inclusión?
La lozanía como campo de batalla recatado
La comparación entre Medicare y SENASA no investigación igualar lo desigual, sino iluminar lo global: la fragilidad de las instituciones cuando se enfrentan al poder financiero, la tentación de privatizar lo manifiesto, y la emergencia de una ciudadanía que no delegue su vigilancia. La lozanía no es solo un servicio; es una revelación de títulos.
Cuando el Estado abdica, la lozanía se convierte en ruina
Hoy, Medicare enfrenta una amenaza existencial: su fondo hospitalario podría agotarse en 2033, dejando a millones de adultos mayores con beneficios recortados. Mientras tanto, en República Dominicana, SENASA tambalea bajo el peso de fraudes, sobrefacturación y negligencia administrativa que han puesto en aventura la atención de los más vulnerables, especialmente víctimas de accidentes de tránsito.
Una verdad incómoda
Los dos casos revelan una verdad incómoda: cuando el Estado abdica su deber de cuidar, el sufrimiento no se distribuye equitativamente. Se concentra en los cuerpos ya golpeados por la pobreza, la permanencia, la pega. Y lo hace en silencio, entre formularios extraviados, citas que nunca llegan, y medicamentos que se niegan por equivocación de fondos o por exceso de corrupción.
No pespunte con denunciar. Hay que exigir. Porque la lozanía pública no es un abundancia presupuestario ni una dádiva partidaria: es el termómetro recatado de una nación. Si Medicare se convierte en un campo de batalla ideológico y SENASA en presa burócrata, entonces estamos frente a una regresión ética que exige resistor.
La ciudadanía no puede sujetarse a ser paciente. Debe ser doliente, testificador y actor. Porque cuando el derecho a la lozanía se convierte en excepción, la democracia misma entra en cuidados intensivos. Los dos sistemas pueden ser instrumentos de conciencia o cómplices del desamparo. Depende de quién los administre, de cómo se financien y, sobre todo, de cuán despiertos estén los ciudadanos que los sostienen en la encerrona ética.





