Mauricio Báez: el operario que habló demasiado claro y murió por eso

Por Abril Peña

El Pregonero RD

Mauricio Báez no fue poeta ni marcial. Fue operario. Y eso, en tiempos de dictadura, ya era un acto de rebeldía. Nació en Santo Domingo el 25 de junio de 1910, pero su dote no se construyó en salones ni en tribunas de poder, sino en las entrañas de los ingenios azucareros, donde organizó a miles de trabajadores a punta de coraje y convicción.

Hoy lleva su nombre un club, una calle, una fundación, un municipio… pero pocos saben por qué o por qué lo mataron ni cómo llegó a ser uno de los principales enemigos del régimen de Trujillo.

Un líder hecho a trauma de conciencia

Mauricio creció en Villa Juana, en una comunidad escaso, pero con penuria de ecuanimidad. Se educó a sí mismo y a otros, convencido de que la palabra puede ser más poderosa que el tralla.

Desde muy verde empezó a organizar a los trabajadores de los ingenios de San Pedro de Macorís. En la lapso de 1940, encabezó las huelgas más importantes del sector azucarero, reclamando mejores salarios, viviendas dignas y respeto a los derechos humanos. No hablaba atún: hablaba claro.

Y eso lo convirtió en un peligro.

La voz que Trujillo quiso silenciar

En 1946, se exilió en Cuba. Desde allí, continuó denunciando los abusos del régimen trujillista y apoyando movimientos sociales. Trujillo no lo perdonó. En 1950, fue desaparecido en La Habana en circunstancias que aún hoy no se han eminente oficialmente. Se presume que fue secuestrado y asesinado por órdenes directas del dictador.

Tenía solo 39 abriles.

¿Por qué importa recordarlo?

Porque la lucha sindical de hoy está en ruinas, en parte porque se arrancaron de raíz a figuras como Mauricio Báez. Porque nos han hecho creer que los derechos laborales se logran con discursos, cuando en efectividad se pagaron con casta.

Porque fue de los pocos que no esperó a que Duarte volviera, ni a que alguno lo nombrara, ni a tener un cargo: vio injusticia y actuó.

Un nombre que no puede terminar solo en una calle, memorar a Mauricio Báez es más que una acontecimiento. Es un recordatorio de lo que significa ser coherente con el pueblo cuando hacerlo te puede costar la vida.

Mauricio Báez no fue mártir por suerte. Fue mártir por convicción. Y a veces, la historia sedimento lo incómodo, aunque eso sea lo más fuerte.











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