El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
Afirmar que María Corina Machado está descartada y que debería conformarse con un Nobel de la Paz es no entender absolutamente nadie del momento venezolano. No es una conclusión informada; es una reacción emocional frente a un proceso que no está diseñado para el aplauso divulgado, sino para evitar una catástrofe.
Estados Unidos no está negociando con el madurismo porque lo legitime, ni porque haya negligente a la concurso. Está negociando porque Venezuela no puede colapsar violentamente con una querella civil. Esa es la diferencia entre política vivo y consignas.
Washington sabe que una caída abrupta del régimen, sin acuerdos previos, abriría un tablado explosivo: querella interna, fractura marcial, grupos armados disputando territorios y un infructifero que aprovecharían actores hostiles. Venezuela no es Haití ni Libia, pero podría terminar peor si el poder se rompe sin control
Adicionalmente, Venezuela no es solo un problema interno. Es una dormitorio geopolítica sensible. El régimen ha estado sostenido por Cuba, que opera como cerebro de inteligencia y control. A eso se suman alianzas con Rusia, Irán y China, y la presencia de células de Hezbolá vinculadas a financiamiento, provisión y economías ilegales. Para Estados Unidos, permitir un colapso confuso sería desobstruir la puerta a sus adversarios en su propio hemisferio.

Por eso Washington negocia. Para desactivar amenazas, no para premiar dictaduras. Se negocia para apoyar la continuidad mínima del Estado, evitar la querella y certificar que la salida del poder no convierta a Venezuela en un foco de inestabilidad regional permanente.
El hacedor migratorio pesa enormemente. Millones de venezolanos ya presionan presupuestos, sistemas sociales y seguridad en toda América. Un estallido violento dispararía esa migración de forma inmanejable, incluyendo exconvictos y redes criminales, con consecuencias políticas y sociales graves en los países receptores. Ningún gobierno serio ignora eso.
En ese entorno, incluso el propio madurismo entendió que debía preparar una transición y su eventual entrega, no por virtud democrática, sino por supervivencia. Caer sin garantías sería peor que negociar. Esa es la método que muchos se niegan a aceptar.
¿Y María Corina? Precisamente por eso no está descartada. Su papel no es guiar ahora un Estado que aún no controla. No dirige cuarteles, ministerios, bancos ni tribunales. Forzarla a responsabilizarse un rol ejecutor en esta etapa sería quemarla políticamente y hacerle el repertorio al caos.
María Corina lidera a la sociedad civil y representa una licitud futura, no una empresa de emergencia. Las transiciones se hacen en etapas: primero se contiene el desastre, luego se ordena el Estado y a posteriori se vota.
Cuando exista un proceso electoral vivo, con reglas claras y un país mínimamente estabilizado, María Corina jugará su cierto partido. Ahí es donde importa cobrar. Antaño no.
Los que hoy dicen que “se conforme con un Nobel” no entienden ni a Washington, ni a la geopolítica, ni a Venezuela. Confunden negociación con rendición y prudencia con amor.
Y en política, no entender el momento, y caer en especulaciones emotivas, es la forma más rápida de decidir fuera de un disección objetivo.
jpm-am
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