El autor es productor de televisión. Reside en Santo Domingo
En la política contemporánea existe una tensión silenciosa pero poderosa: la diferencia entre dirigir para el aplauso inmediato o dirigir para la historia. Muchos presidentes del mundo enfrentan diariamente decisiones trascendentales que pueden especificar el rumbo de sus naciones durante décadas.
Sin retención, no siempre esas decisiones se toman. ¿La razón? El temor a perder popularidad.
Vivimos en una era dominada por encuestas semanales, tendencias en redes sociales y ciclos informativos que cambian cada pocas horas. En ese contexto, muchos gobernantes comienzan a dirigir mirando más los números de aprobación que los intereses profundos de sus países. La política se convierte entonces en un deporte de supervivencia mediática más que en una representación histórica.
Un presidente que gobierna con la obsesión de terminar su mandato siendo aplaudido puede caer en una peligrosa tentación: evitar decisiones difíciles. Reformas económicas profundas, transformaciones institucionales, cambios estructurales en seguridad, educación o sistema fiscal suelen implicar costos políticos inmediatos. Son medidas que pueden provocar protestas, críticas de sectores influyentes o campañas mediáticas en su contra.
Por eso, muchos mandatarios prefieren postergar lo preciso. Administran los problemas en punto de resolverlos. Y esa porte, aunque preserve temporalmente su popularidad, puede terminar debilitando a un país.
Sin retención, asimismo existe el otro tipo de liderazgo: el de quienes deciden admitir el costo político de hacer.
El Salvador y Argentina
En América Latina, por ejemplo, el caso del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha generado amplios debates. Su política de seguridad, extremadamente dura contra las pandillas, ha sido criticada por sectores internacionales y organizaciones de derechos humanos.
Pero al mismo tiempo ha contado con un válido respaldo popular interiormente de su país, al dominar drásticamente los niveles de violencia que durante décadas marcaron la vida salvadoreña.
Otro caso que ha despertado controversias es el del presidente argentino Javier Milei. Sus decisiones económicas, enfocadas en dominar el pago sabido y trocar profundamente la estructura del Estado argentino, han generado tensiones sociales y fuertes debates.
Sin retención, representan un ejemplo de un gobernador que ha decidido aplicar medidas incómodas en averiguación de un cambio estructural.
Estos ejemplos muestran una efectividad fundamental de la política: las decisiones verdaderamente transformadoras rara vez son cómodas.
Pero asimismo es amoldonado examinar que dirigir ignorando completamente la opinión pública puede ser peligroso. Un líder que desprecia el sentimiento popular corre el aventura de imponer políticas desconectadas de la sociedad. La popularidad, en cierta medida, funciona como un termómetro demócrata.
El problema surge cuando ese termómetro se convierte en el único criterio de gobierno.
En muchos países, los poderes mediáticos, económicos o políticos pueden organizar campañas capaces de escoriar rápidamente la imagen de un gobernador. Ese temor a la presión pública o mediática lleva a algunos líderes a paralizarse. Prefieren no enredar a grupos de poder, no tocar intereses sensibles o no impulsar reformas necesarias.
El resultado es un liderazgo débil, atrapado entre la prudencia y el miedo.
La historia demuestra que los grandes líderes no fueron necesariamente los más populares en su momento. Muchos de ellos enfrentaron fuertes críticas mientras tomaban decisiones que hoy se consideran fundamentales para el progreso de sus países.
Mandar no es un concurso de popularidad. Es una responsabilidad histórica.
Y esta consejo no se limita solo a los presidentes de la República. Asimismo aplica a directores de instituciones públicas, líderes empresariales, presidentes de corporaciones y ejecutivos que, por temor a perder su posición o su aprobación interna, evitan tomar decisiones que podrían beneficiar a millones de personas.
La verdadera pregunta que todo líder debería hacerse no es cuántos aplausos recibirá hoy, sino qué dirá la historia mañana.
Porque al final, el aplauso es momentáneo. Pero las decisiones valientes pueden cambiar el destino de una nación.
jpm-am
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