El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
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Esta frase resume la visión que tengo, como analista, sobre la comunicación del gobierno.
Con ello explicaré que, tanto en política como en teología, la panegírico no es propaganda ni adulación, sino una defensa racional y articulada de principios, acciones y liderazgos.
La panegírico es el gimnasia de argumentar en privanza de una causa, con el propósito de otorgarle sentido, licitud y proyección.
En el ámbito religioso, consiste en defender la fe; y en el circunscripción oficial, en replicar con fundamento delante la crítica, la denuncia o el intento de desprestigiar las acciones públicas.
En el gobierno del presidente Luis Abinader sorprende la escasez de voces que asuman, con claridad, el rol de explicar y defender su papeleo.
Silencio
Aunque su empresa avanza en áreas claves, lo hace en un silencio que debilita su relato. “Quien no cuenta su historia, permite que otros la re-escriban”, advierte Antoni Gutiérrez-Rubí.
Aunque muchos insisten en que ese silencio obedece a una logística deliberada del propio presidente, sigo considerando que en ello radica una de las principales debilidades de la papeleo.
A diferencia de otros presidentes latinoamericanos, Abinader ha optado por un estilo sobrio, técnico y moderado. No polariza, no dramatiza ni impone un relato épico. Sin confiscación, esta virtud se convierte en pasión cuando no hay quien la explique.
El presidente no debería ser su único vocero. En palabras de Mario Riorda, “la comunicación política no puede descansar solo en la figura del líder; necesita estructura, relato, institucionalidad”. Pero aquí, ni la estructura comunica ni el relato emociona. Y en política, sin emoción no hay memoria.
Esta situación contrasta con líderes que han asumido el rol de apologistas personales: AMLO lo hizo mientras gobernó, Trump y Bukele. Ellos concentran el relato, marcan la memorándum y se relacionan directamente con el pueblo. No delegan el mensaje; lo monopolizan. La diferencia con Abinader es dramática: mientras aquellos construyen identidad, aquí se diluye.
El resultado es una papeleo que funciona, pero que no inspira. Una presidencia que gobierna, pero que no lidera simbólicamente. “El poder que no se comunica, se pierde”, sentencia Joseph Nye.

Que el presidente hable y se exponga no es un error en sí mismo; el error es hacerlo sin respaldo narrativo.
En comunicación estratégica, la sobreexposición sin contrapeso es igual de vulnerabilidad. El líder que acento todos los días y siempre está solo, se desgasta. Se convierte en blanco posible. Y lo que ayer fue cercanía, hoy puede parecer desesperación. “El líder sin coro se vuelve eco de sí mismo”, escribió Noelle-Neumann. Sin apologistas, el poder se vuelve frágil. Sin relato, se vuelve invisible.
En gobiernos anteriores, el discurso tenía voceros naturales y estructuras apologéticas visibles. Balaguer proyectaba su visión a través de medios alineados y un estilo doctrinario.
Leonel Fernández construyó una novelística globalista y modernizadora que fue ampliamente replicada. Danilo Medina consolidó un relato de cercanía y eficiencia que contó con repetidores disciplinados.
Hoy, Abinader no tiene ni coro ni aparenta logística. Ni siquiera los ministros defienden sus logros. La partidura novelística está rota. Lo que se comunica es coyuntural, reactivo, desorganizado.
En esta semana han valiente todos tipos de ataques al presidente y al gobierno por el caso haitiano, la probidad, el código, SeNaSa, etc..
¿ Y quien lo defendió?
Los expertos coinciden en que la centralización del mensaje puede ser útil, pero nunca suficiente. Bukele lo demuestra: controla el relato, pero ha construido una iconografía y un idioma político reconocible.
En cambio, con el presidente no se han generado símbolos ni mitos. No tiene eslogan, no tiene épica, no tiene emoción. “La política es asimismo una pedagogía del alma colectiva”, dice el politólogo argentino Eduardo Fidanza.
Pero aquí nadie enseña. Nadie explica por qué este gobierno merece continuidad o defensa.
Este maniquí, sin confiscación, no es exclusivo de República Dominicana. En Brasil, Jair Bolsonaro utilizó las redes sociales para establecer un relato diario contra el “sistema”.
En Colombia, Gustavo Petro ocupa su cuenta de X como despacho ideológico. En Ucrania, Zelenskyy se convirtió en símbolo de resistor gracias a su novelística heroica. Todos entendieron que el presidente no solo gobierna: representa. Y quien representa, comunica con símbolos. Abinader gobierna, pero no simboliza. Eso es un problema de abandono.
El problema no es solo de comunicación, sino de manda. Sin apologistas, no hay sucesores. Sin sucesores, no hay continuidad. Y sin continuidad, toda buena papeleo queda en el medio.
Logros
Este ha sido un gobierno que ha mantenido la estabilidad macroeconómica, ha fortalecido los programas sociales con Supérate y programas de incremento barriales y provinciales, Inapa, la Caasd, carreteras, ha sostenido los subsidios a los combustibles y a la electricidad, ha conservado una calificación de peligro conveniente, según Moody’s.
Ha desarrollado una infinidad de pequeñas y medianas obras en toda la geodesía doméstico: el monorriel, el teleférico, la ampliación del tren, la reparación y construcción de miles de aulas, titulación, encima de aumentos salariales reiterados a militares, policías, médicos, profesores, personal consular y la comprensión de oficinas de servicios en el exógeno.
Ha enfrentado desafíos con nobleza, respetando la institucionalidad, bajo la delincuencia y realizado una de las defensas más firmes de la soberanía doméstico en décadas.
Incluso ha ejecutado la maduro inversión histórica en el sur profundo y fronterizo, una región olvidada por generaciones.
Sin confiscación, aún con esos logros, el relato no ha acompañado a la papeleo.
Faltaría resaltar claramente más realización como la transformación digital del Estado, y los programas de Indotel, la recuperación récord del turismo con más de 10 millones de visitantes, y el liderazgo internacional que ha asumido el país.
Como advirtió el sociólogo Manuel Castells: “la política no es solo lo que se hace, es lo que se dice que se hace”. Y aquí se dice poco.
Propagar
La pita, tras poner el huevo, no se calla: cacarea… cacarea. Porque no hilván con hacer; asimismo hay que comunicar con convicción, novelística y constancia.
Por otra parte, la descuido de defensores públicos permite que los adversarios impongan su novelística. El PLD, con todos sus errores, ha conseguido recuperar parte del discurso divulgado por una razón clara: acento. Tiene voceros, portavoces, intelectuales orgánicos y un discurso militante. La Fuerza del Pueblo, ha conseguido en múltiples ocasiones deslizar el discurso político a su circunscripción, oscureciendo la obra de gobierno.
El PRM, por el contrario, ha sido incapaz de formar cuadros retóricos. Ha ganadería elecciones, pero ha perdido la batalla de las ideas. Un partido que no forma apologistas está condenado a ser una coyuntura, no un esquema histórico.
Este hueco se expresa asimismo en el Congreso, donde la defensa al Ejecutor es torpe o inexistente, sin violar la independencia de los poderes.
En los medios, ningún periodista o analista, se ha erigido como defensor ideológico del esquema del Gobierno-Abinader, —como existían anteriormente—. Y “se gastan millones en publicidad supuestamente”. Y no por descuido de argumentos, sino por abandono de voluntad y método. “La novelística política es una cimentación del consenso”recuerda el catalán Gutiérrez-Rubí. Sin arquitectos del relato, el edificio institucional se sostiene, pero no se habita.
El gobierno está presente, pero no es vivido como esquema.
Y si admisiblemente Abinader ha querido mantenerse al beneficio de la polarización, su silencio ha sido interpretado como indiferencia.
En tiempos de crisis social, emocional y simbólica, la neutralidad no emociona. El pueblo no rebusca tecnócratas: rebusca sentido.
“La emoción es la puerta de entrada de la razón”, diría Martha Nussbaum. Sin esa puerta, la ciudadanía no entra a la casa de gobierno. Y si no entra, no habita ni defiende.
Al final, timonear no es suficiente. Se necesita persuadir. Se necesita inspirar. Y se necesita muchedumbre que crea tanto en el esquema, que esté dispuesta a defenderlo en las plazas, en los medios, en las calles, en los púlpitos y en las aulas.
Eso es la apologética política. Y eso es lo que este gobierno no ha construido.
No es un problema de imagen, es un problema de visión. Porque cuando el presidente acento solo, el poder se vuelve monólogo. Y la historia, como la política, se escribe entre voces, no entre silencios.
La gran paradoja del gobierno de Abinader es esta: ha hecho más de lo que dice, y que gobiernos pasados pero su silencio lo traiciona.
Ha actuado con integridad, pero ha renunciado a la novelística. La beocio preocupación hoy por hoy según las encuestas es la corrupción pública. ¿Y quién lo dice!
En la política contemporánea, eso es como escribir sin firmar. Administrar sin defender. Y caminar sin dejar huella.
Los hechos importan, sí. Pero en democracia, los hechos solo pesan cuando cierto los narra con convicción, verdad y pasión.
Hoy, en el país, nadie lo está narrando, por èl. Es tiempo ya presidente.
Jpm-am
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