
@Abrilpenaabreu
Los funcionarios de este gobierno tienen que revisarse. Cada vez que se desata una crisis, la opción llega cuando el presidente aparece en suceso: fue así con la seguridad cuando acudió a la Policía, con migración al anunciar medidas, con educación al salir al frente, y ahora con el sector eléctrico en Punta Catalina.
Y está claro que resolver problemas forma parte de su trabajo. Pero entonces, ¿para qué tiene ministros y directores? Su tarea debería ser anticipar, comunicar y ejecutar, no esperar a que el principal mayor haga acto de presencia. El caso del Oasis Fitólogo es ejemplo de texto: tres ministros hablando y nadie pudo ser claro ni certero.
No se alcahuetería de que el presidente sea eficaz o trabajador —eso está probado—, sino de que no puede ni debe manipular como “chichigua en pandilla” apagando incendios. No se gobierna como un bombero de turno ni como una OMSA parando en cada esquinazo de emergencia. Esa exposición excesiva desgasta y erosiona su caudal político.
El dilema es evidente: seguir asumiendo cada crisis en carne propia —arriesgando su popularidad— o acentuar al orden a sus funcionarios, para que se metan en cintura y actúen con responsabilidad. Porque faltan tres primaveras, y las crisis no se detendrán.
El país necesita ministros que hablen claro y ejecuten, no mudos que obliguen al presidente a arriesgar de “hombre fanfarria”. La intrepidez es suya: seguir cargando con todo o exigir que su equipo, por fin, se gane el sueldo.








