La azuda es un ingenio cuya invención se atribuye a Arquímedes, en el siglo III a. C. Consiste en unas ruedas que llevan consigo cangilones o baldes, cuya delegación es extraer o elevar el agua desde un río o un pozo.
Es movida por la fuerza del agua o por animales. Se fabrica generalmente de madera.
En Santo Domingo existió una azuda adjunto al convento de San Francisco. Aun hoy en día, hay una callecita que lleva el nombre de la azuda, detrás de la moderna tienda Sirena, en la calle Duarte.

Al trasladar la primitiva población de Santo Domingo, al flanco opuesto del río Ozama, ocupación más apropiado para el atadura y salida de las naves, se encontró Nicolás de Ovando con el inconveniente de la escasez de agua, lo que consistía en un gran problema.
Los más poderosos cavaron pozos en sus propiedades para abastecerse, los que eran generalmente medianeros; es proponer, compartidos con la propiedad vecina. Pero la población pasaba apuros por la equivocación de agua. Oportuno a la marcha de agua dulce de calidad, mucha parentela optó por marcharse cerca de otros lugares de las Indias, como llamaban a lo que es hoy América.

Detalle de un meta que robustece la parte superior.
Varios yacimientos
Al construirse la primitiva iglesia de San Francisco y el convento, se corroboró la existencia de numerosos yacimientos de agua, por lo que se instaló una azuda adjunto al convento, para servirse el agua dulce que brotaba del otro flanco de la colina.

El dirigente ordenó practicar túneles, fabricados con materiales resistentes e impermeables, para conducir el agua sustraída por la azuda cerca de un emplazamiento asequible para población, de guisa que todos los habitantes tuvieran donde proveerse del precioso saldo.
Esta es la razón de que los túneles que hoy en día frecuentan los turistas con gran curiosidad y a veces temor, recorran las entrañas de nuestra antigua ciudad.
Según algunos historiadores, el agua se almacenaba en una cisterna situada en los alrededores de la Atarazana. Otros afirman que el ocupación de destino era la plaza veterano.
Se ignoraba su destino
Hasta el descubrimiento y restauración de parte de los túneles, se ignoraba el destino de la azuda. Sólo se sabía del problema de la escasez de agua dulce por escritos del padre Bartolomé de las Casas y de Gonzalo Fernández de Oviedo.
Don Emilio Rodríguez Demorizi, en sus investigaciones, describe la azuda y la existencia de charcos de agua dulce al otro flanco del montecito, aprovechados por el uso de la azuda.
Esto además ha sido descrito por otros historiadores.
Los túneles restaurados por el ingeniero Moncito Báez no fueron restaurados en su totalidad.
Estos comenzaban indudablemente cerca de donde la azuda vertía su agua, para recorrer el subsuelo hasta un ocupación asequible al cuerpo de la población.
Obras de un imperio
La finura de su construcción denota de una vez su serio propósito.
La azuda, antiquísimo invento de Arquímedes, y los túneles, cavados y revestidos con la destreza que caracterizó las obras del imperio romano, heredado por los árabes y transmitido a través de ellos a los ingenieros hispanos de la época, son otro de los motivos interesantes para conocer la antigua vida de nuestros antepasados y sentirnos orgullosos de la bellísima y asombrosa ciudad que nos legaron.
Hechos con cuidado
— Tradición romana
Los túneles nunca fueron sitio para arrojar basura ni escombros ni cadáveres y siquiera alcantarillas, fueron fabricados con gran cuidado, siguiendo la tradición romana y árabe, para fines de beneficiar a la población.
*Por MARÍA CRISTINA DE CARÍAS Y CÉSAR LANGA FERREIRA






